simple: Si respiran murmuran amor, si laten, si circula la sangre en las venas, si piensan, si se
mueven, en todo murmuran amor, amor, gloria a nuestro Creador, y si llaman a mi Voluntad en
sus actos forman las olas impetuosas para envolver a Dios y a las criaturas, a fin de que todos,
Cielo y tierra hagan una sola voluntad. Un acto en mi Voluntad puede ser un viento impetuoso
que transporte, extirpe con su fuerza las pasiones, las debilidades, las malas costumbres, el aire
putrefacto del pecado, y sustituirlos por las virtudes, la fuerza divina, las santas costumbres, el
aire santificante de mi Voluntad. Un acto en mi Querer puede ser un aire universal, que
penetrando dondequiera y en todos, de noche y de día puede hacerse respirar para infundir su
Vida, su santidad, y quitando el aire malsano del querer humano, lo sustituye por el aire
saludable de mi Fiat, de modo de quedar endulzadas, embalsamadas, vivificadas, sanadas por
este aire divino. Un acto en mi Fiat puede ser una atmósfera celestial, que encerrando en sí
todas nuestras obras, la misma Creación, y con la fuerza de nuestras obras asaltar a nuestra
Divinidad e imponerse sobre de Nosotros, haciéndonos dar gracias y dones para volver capaces
a las criaturas de poder recibir el reino de nuestro Querer. Un acto en nuestra Voluntad puede
contener tales maravillas, que la criatura es incapaz de poder comprender todo su valor”.
(3) Jesús ha hecho silencio, y yo he quedado como sumergida en este mar, y no sé cómo, me
he sentido transportar a la patria celestial, en medio a tres círculos de luz, a la cabeza de ellos
estaba la Reina del Cielo en un punto, y Nuestro Señor del otro, con una belleza encantadora y
amor indecible, en medio a éstos estaba una multitud de almas, todas transformadas en la luz
en la cual vivían y crecían, pero custodiadas, dirigidas y alimentadas por Jesús y por la Madre
Celestial; cuántas bellas sorpresas se veían, estas almas poseían la semejanza y la Vida de su
Creador, y mi dulce Jesús y su Madre me han dicho:
(4) “Estos círculos de luz que tú ves son símbolo de la Trinidad Sacrosanta, y las almas son
las que formarán el reino de la Divina Voluntad, este reino será formado en el seno de la
Divinidad, los regidores de este reino serán la Madre y el Hijo, que lo custodiaremos con celo.
Mira entonces la certeza de este reino, ya está formado, porque en Dios las cosas están como
ya hechas, por eso ruega que lo que está en el Cielo se realice sobre la tierra”.
(5) Después de esto me he encontrado en mí misma, con el sumo dolor de encontrarme de
nuevo en mi pobre prisión de mi cuerpo. Después mi sumo Bien Jesús, todo bondad me ha
dicho:
(6) “Hija mía, nuestro Ser Divino es todo amor, y es tanto este amor que sentimos la necesidad
de sacar fuera de Nosotros este amor, no ponemos atención en si la criatura lo merece o no; si
hubiéramos querido poner atención al mérito, la Creación toda estaría aún en nuestro seno.
Nosotros cuando amamos obramos, en efecto, amamos y creamos la Creación, y como don de
nuestra generosidad y del exceso de nuestro amor obrante, hicimos don al hombre; a Nosotros
no nos agrada dar nuestros dones como pago, o como mérito, ¿y dónde podría encontrar
monedas suficientes para pagarnos nuestros dones, o tantos actos para merecerlos? Sería
obstaculizar nuestro amor, reprimirlo en Nosotros y no dar nada a la criatura, y ni siquiera amarla,
porque si amamos debemos obrar y dar. Nuestro Ente Supremo se encuentra frecuentemente
en tales delirios de amor, que sentimos la necesidad de sacar de nuestro seno divino dones y
gracias para darlos a las criaturas, pero para formar estos dones debemos amar y manifestarlos
para hacerlos conocer. Por lo tanto si amamos obramos, si hablamos, nuestra palabra creadora
entrega el don, lo confirma y dota a la criatura de nuestros dones. Nuestra palabra es la
portadora y nos pone en las condiciones de desahogar nuestro amor reprimido. Pero ¿quieres
saber por qué no damos nuestros dones como pago o como mérito? Porque los damos a
nuestros hijos, y cuando los dones se dan a los hijos no se pone atención en si lo merecen, se
dan porque se ama, a lo más se hacen comprender, he aquí la necesidad de la palabra, a fin de
que los aprecien, los custodien y amen a Aquél que se los ha dado y que tanto los ama. En
cambio se dan como pago o mérito a los siervos, a los extraños, y ¡oh! con cuánta medida. Por
eso en el exceso de nuestro amor, sin que ninguno nos rogase o lo merecieran, hicimos la