(7) Mientras esto decía me hacía ver las guerras fierísimas que deberán suceder tanto entre
los seglares, como aquellas en contra de la Iglesia; la sangre inundaba las ciudades como
cuando hay una lluvia tupida, mi pobre corazón se retorcía por el dolor al ver esto, y
acordándome de mi ciudad he dicho: “¡Ah! Señor, ¿si Tú dices que me suspenderás del todo,
das a entender que ni siquiera del pobre Corato tendrás compasión, ni lo perdonarás?”.
(8) Y Él: “Si los pecados llegan a un cierto número, de modo que no merezcan tener almas
víctimas, y aquellos que te tienen víctima no se interesan, Yo no tendré ninguna consideración
de Corato”.
(9) Dicho esto desapareció, y yo quedé toda afligida y oprimida.
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4-16
Octubre 4, 1900
Jesús sufre al castigar al hombre porque son sus imágenes.
(1) Después de haber pasado un día de privación y con escaso sufrimiento, me sentía
convencida de que el Señor no quería tenerme más en este estado; sin embargo la obediencia,
aun en esto, no quiere ceder, y quiere que continúe estando en él, aunque deba morir. Sea
siempre bendito el Señor y en todo sea hecho su santo y amable Querer. Entonces, esta mañana
al venir el bendito Jesús, se hacía ver en un estado que daba compasión, parecía que sufría en
sus miembros, y su cuerpo era cortado en tantos pedazos que era imposible numerarlos; y con
voz lastimosa decía:
(2) “Hija mía, ¡qué siento! ¡Qué siento! son penas inenarrables e incomprensibles a la
naturaleza humana; es carne de mis hijos que es lacerada, y es tanto el dolor que siento, que
me siento lacerar mi misma carne”.
(3) Y mientras esto decía gemía y se dolía. Yo me sentía enternecer al verlo en este estado,
y he hecho cuanto he podido por compadecerlo y rogarle que me participara sus penas. Me
contentó en parte y apenas he podido decirle: “Ah Señor, ¿no te lo decía yo, que no echaras
mano de los castigos, porque lo que más me disgusta es que quedarás herido en tus mismos
miembros? ¡Ah, esta vez no hubo modos ni oraciones para aplacarte!” Pero Jesús no puso
atención a mis palabras, parecía que tenía una cosa seria en el corazón que lo llevaba a otra
parte, y en un instante me ha transportado fuera de mí misma, llevándome a lugares donde
sucedían matanzas sangrientas. ¡Oh, cuántas escenas dolorosas se veían en el mundo, cuántas
carnes humanas atormentadas, hechas pedazos, pisoteadas como se pisa la tierra y dejadas
sin sepultar; cuántas desgracias, cuántas miserias!, y lo peor era que otras cosas más terribles
debían suceder. El bendito Señor ha mirado, y conmoviéndose todo se ha puesto a llorar
amargamente. Yo, no pudiendo resistir he llorado junto con Él la triste condición del mundo,
tanto que mis lágrimas se mezclaban con las de Jesús. Después de haber llorado un buen rato,
admiré otro rasgo de la bondad de Nuestro Señor: Para hacer que dejara de llorar ha ocultado
su rostro de mí, se ha secado las lágrimas, y luego volteándose de nuevo con rostro alegre me
ha dicho:
(4) “Amada mía, no llores, basta, basta, lo que ves sirve para justificar mi Justicia”.
(5) Y yo: “Ah Señor, digo bien que ya no es Voluntad tuya mi estado, ¿en qué aprovecha mi
estado de víctima si no me es dado librar a tus queridísimos miembros y exentar al mundo de
tantos castigos?”
(6) Y Él: “No es como tú dices; también Yo fui víctima, y a pesar de serlo no me fue dado librar
al mundo de todos los castigos; le abrí el Cielo, lo libre de la culpa, sí, llevé sobre Mí sus penas,
pero es justicia que el hombre reciba sobre sí parte de aquellos castigos que él mismo se atrae
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