que la criatura se done a Mí, y Yo rápidamente me dono a ella, con toda la infinitud de nuestra
Voluntad”.
(5) Después seguía mi giro en la Creación, y ¡oh! cuántas bellas sorpresas, cada cosa creada
me decía cuánto me ama Dios, cada una de ellas poseía el espacio que contenía un deposito
de amor, que debía decirme siempre: “Te ama, te ama tu Creador”. Yo he quedado sorprendida,
y mi dulce Jesús regresando me ha dicho:
(6) “Hija mía, tú sabes que la Creación fue un desahogo de nuestro amor, y mientras sacamos
la Creación a la luz del día teníamos a todos presentes, ninguna criatura nos huyó y poníamos
para cada una de ellas, en cada cosa creada, un depósito de amor que debía amarla y decirle
siempre: ‘Te ama, te ama tu Creador’. Así que si las cosas creadas corren para darles el bien
que poseen, es nuestro amor que las hace correr. Si el cielo se extiende sobre la cabeza de
todos, es nuestro depósito de amor que les da el derecho. Si el sol da su luz a todos, es la
herencia del amor que cada uno tiene en el Sol de su Creador. Si la tierra está firme bajo sus
pasos, es nuestro depósito de amor que hace tomar como en el seno de la madre tierra a la
criatura, y asegurándole el paso le dice bajo sus plantas: ‘Te ama, te ama Aquél que te ha
creado’. Si el agua te quita la sed, es nuestro grito de amor que corre en el agua y te quita la
sed, te lava, da el humor a las plantas, y tantos otros bienes que hace. Si el fuego no te quema,
es nuestro depósito de amor, que son las propiedades de las criaturas que gritan: ‘Calienta a
mi hija, no le hagas ningún mal’. Y así de todas las otras cosas. Ahora quiero decirte una cosa
consoladora, si la criatura entra en las cosas creadas, reconoce este nuestro depósito de amor
en cada una de ellas y hace resonar su amor en el nuestro, prepara la mesa a su Creador. Mira,
sólo en el sol cuánta diversidad de alimentos de amor puedes prepararnos, en aquella luz está
la dulzura de nuestro amor, y tú, amándonos, al toque del nuestro endulzas el tuyo y nos das el
alimento del amor que nos endulza; en aquella luz están los gustos de nuestro amor, y tú
amándonos nos das las alegrías de los tantos gustos de nuestro amor; en aquella luz está
nuestro amor fecundo, el amor que hiere, quema y consume, y tú amándonos adquirirás la
fecundidad divina en tu amor, la virtud de herirnos, de quemarte y consumirte por Nosotros; está
también la variedad de los colores que todo embellecen, y tú amándonos adquirirás la virtud del
bello amor, en el cual quedarás como revestida de una belleza encantadora, y ¡oh! cómo nos
sentiremos raptados. Hija, si te quisiera decir la multiplicidad y diversidad de amor que hemos
puesto en cada cosa creada para cada una de las criaturas, y cómo ella tiene el deber de conocer
este nuestro múltiple amor para encontrar el modelo de amarnos con tantos amores distintos,
como la hemos amado, no terminaría jamás. Pero, ¡ay de Mí! Nuestro amor queda aislado, sin
la compañía del amor de la criatura, y esto es un dolor para Nosotros, que nuestro amor no es
reconocido en cada cosa creada, mientras que todas tienen el mandato de Nosotros de amarla
con amor distinto: En el viento corren los soplos de nuestros besos, las ráfagas de nuestras
caricias amorosas, los gemidos de nuestro amor sofocado; en la impetuosidad del viento nuestro
amor imperante que quiere hacerse conocer para imperar sobre todos, y a veces llega como a
hablar casi con gritos ensordecedores, para hacer que ninguna otra cosa pueda oír, sino sólo
nuestro amor que la ama. ¡Oh! si la criatura reconociera nuestro amor que corre en el viento,
nos restituiría nuestros besos y nuestras caricias con las suyas; si reconociera que la besamos
y la acariciamos porque queremos ser besados y acariciados por ella, gemiría junto con nuestro
amor para no hacernos sofocar, nos amaría con su y nuestro amor imperante, y gritando junto
con nuestro amor ensordecería a todos al decirles: ‘Amemos, amemos a Aquél que tanto nos
ama’. También en el aire que todos respiramos, ¿cuánto amor no corre? Pero no, no a
intervalos como en las otras cosas creadas, sino a cada instante, en cada respiro, si duerme, si
trabaja, si camina, si come, corre siempre nuestro amor, pero con un amor distinto y nuevo de
todas las otras cosas creadas, en el aire corre nuestro amor que da vida, con una rapidez
encantadora que ninguno le puede resistir, corre en el corazón, en la sangre, en los huesos, en
los nervios, en todo, y se constituye acto vital del ser humano y calladamente le dice: ‘Te traigo