llega a bilocar, a multiplicar, a transformar su misma Vida en la criatura. Por eso ámala mucho
y no le niegues nada”.
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34-36
Mayo 16, 1937
Las verdades, parto divino, son el más grande milagro que
Dios puede hacer, y el gran bien que lleva a las criaturas.
(1) Estoy siempre de regreso en el mar del Querer Divino, las tantas verdades que me han
sido manifestadas se amontonaban en mi pequeña mente como tantos soles refulgentes, cada
uno de los cuales querían decir la historia del Fiat Divino, pero uno distinto del otro, quién quería
decir la historia de su luz eterna, quién de su santidad, quién del modo como forma su Vida en
el centro del alma, en suma, todas tenían qué decir de un Querer tan santo, y todas tenían un
trabajo especial, el de ser portadoras del bien que cada una encerraba, y que unidas juntas
formaban una sola Vida; pero, para poder deponer el bien que encerraban, querían ser
escuchadas, querían abiertas las puertas del alma, y querían ser reconocidas y casi rogadas y
apreciadas, para hacerlas deponer la Vida que contenían. Yo me perdía en medio a tantos
mensajeros, porque todos querían decir la historia eterna del Fiat, y mi Sumo Bien Jesús,
repitiéndome su breve visita, con un amor indecible me ha dicho:
(2) “Mi pequeña hija del Querer Divino, tú debes saber que el milagro más grande que nuestro
Ser Divino puede hacer, es el manifestar una verdad que nos pertenece, porque ella, primero
viene formada, madurada en nuestro seno, y como parto nuestro la sacamos fuera como
portadora de Vida Divina para bien de las criaturas. Y sólo sacamos este parto cuando nuestro
amor eleva tanto sus llamas, que para no quedar ahogado sentimos la necesidad de poner fuera
nuestros partos divinos. Mira entonces qué cosa ponemos fuera con manifestar una verdad, no
el cielo, el sol, el viento, sino nuestra Vida como portadora de Vida Divina a las criaturas, los
otros milagros, la misma Creación son obras nuestras, no Vida, en cambio las verdades son
Vida perenne, y si encuentran quién las recibe, se bilocan, se multiplican en modo increíble para
cada una de las criaturas, tanto, que cada una la puede tener para sí como Vida que le
pertenece. Estas verdades como partos nuestros semejan en todo a nuestro Ente Supremo, no
son voz y hablan, y hacen hablar; no tienen pies y caminan, pero tan veloces, que ninguno los
puede alcanzar, ni impedir el paso; entran en las inteligencias, y forman el pensamiento para
hacerse conocer; transmutan la voluntad para hacerse poseer; renuevan la memoria para no
hacerse olvidar; caminan en las vías del corazón para hacerse amar. Así que no tienen manos
y obran, no tienen ojos y miran, no tienen corazón y generan amor. Las verdades no son otra
cosa que Vidas palpitantes de nuestro Ser Divino en medio a las criaturas, latido sin corazón,
porque nuestro corazón es la criatura, y Nosotros como Espíritu purísimo que nos encontramos
por todas partes, somos el latido, que mientras no se ve, se siente y formamos la vida y la damos
a todas las generaciones humanas. Por lo que no hay milagro similar al gran milagro de cuando
sacamos de Nosotros una verdad, es una Vida nuestra que exponemos, la cual más que sol se
hará luz de las criaturas, que flechándolas con su calor vital, madurará su Vida, primero en
aquélla a quien va dirigida, y después se difunde en quien la quiera recibir, y si encuentran
ingratos que no quieran recibir bien tan grande, ellas no están sujetas ni a morir, ni a perder la
vida, sino que esperan con paciencia invicta, si es necesario aun por siglos, nuevas
generaciones a las cuales darán los bienes que poseen, y cumplirán la finalidad por la que han
salido del seno divino. Nosotros al sacar nuestras verdades miramos los siglos, y cuando
estamos seguros que bilocarán, multiplicarán nuestras Vidas en medio a las criaturas, entonces
las sacamos para dar el bien que poseen, y para recibir el honor y la gloria divina que nuestras