que haces en Ella, ponemos ante ti nuestra mesa celestial, y si amas, te alimentas de nuestro
amor; si nos comprendes, te alimentas de nuestra sabiduría, y ¡oh! cuántas bellas noticias y
conocimientos te da de tu Creador, así que tu Dios se vuelve tu alimento exquisito, por eso en
todo lo que haces, ahora te alimenta de nuestra potencia, ahora de nuestra bondad, ahora de
nuestra dulzura, de nuestra fuerza, luz y misericordia nuestras. Así que la pequeñez humana,
con vivir en nuestro eterno Querer nos absorbe sorbo a sorbo, bocado a bocado, porque siendo
pequeña no le es dado, aun por cuanto a criatura es posible, tomar todo junto lo que debe tomar
de nuestro Ser Divino, mucho más que esto sirve a deleitarnos mutuamente, Nosotros en dar y
ella en recibir, Nosotros a dar de lo nuestro y ella a darnos su pequeñez, Nosotros a trabajarla
como queremos y ella que se presta a hacernos trabajar; es el intercambio de ambas partes, el
darnos mutuamente el aliento, el hablarnos, lo que forma nuestras obras más bellas, y
desarrollamos la Vida de nuestra Voluntad en la criatura. Sin hacer nada no se hace nada, por
eso es necesario obrar, hablar, hacernos comprender, trabajar, para hacer las bellas estatuas,
las repetidoras de nuestra Vida. Por lo tanto, cuando encontramos quién quiere escucharnos,
darse a Nosotros para recibir, no ahorramos nada de lo que podemos y sabemos hacer por la
criatura. Ahora hija mía, cuando la criatura se ha alimentado de nuestro Fiat, hasta no conocer
otro alimento, y habiendo formado la cadena de sus actos, todos sellados por las características
de las virtudes divinas, Dios queda aprisionado en sus virtudes divinas en la criatura, y entonces,
si ama, es Dios que hace alarde de la potencia de su amor, de su bondad, santidad, etc., en los
actos de la criatura, así que es tal la potencia que sale por medio de estos actos que Dios hace
en su criatura, que inviste Cielo y tierra, se mueve sobre todas las almas, y con su amor potente
las inviste, las arrolla, les hace dar el beso del Querer Divino, de modo que la familia humana
sentirá su potencia, su amor, que quiere reinar. Mucho más, que este derecho se los da el Dios
escondido por medio de una criatura que pertenece a su raza humana, derechos que no podrán
desconocer, sólo algún pérfido lo haría, pero mi potencia lo sabrá aterrar y vencer. Por eso
déjame cumplir el trabajo de mi Voluntad en ti, no te opongas a nada, y tú y Yo estaremos
contentos de verla reinar en las otras criaturas”.
(3) Después de esto he recibido la Santa Comunión, y en mi interior se hacía ver mi amado
Jesús, pequeño, pequeño, y la Madre Celestial que extendía su manto azul sobre mí y sobre el
pequeñito divino, después, no sé cómo me lo he sentido dentro de mí, que besaba, acariciaba,
tomaba en sus brazos a su amado Hijo, se lo estrechaba al corazón y lo hacía crecer, lo nutría,
le hacía mil estratagemas de amor, yo era espectadora y quedaba maravillada. Y la Soberana
Mamá Celestial me ha dicho, pero con un amor que hacía quedarse estupefacto:
(4) “Hija mía, no hay por qué maravillarse, Yo soy inseparable de mi amado Jesús; donde está
el Hijo debe estar la Madre, y este es mi trabajo, el hacerlo crecer en las almas. Él es pequeño,
las almas no saben cómo lo deben hacer crecer, ni tienen la leche del amor para alimentarlo,
para tranquilizarle el llanto, para calentarlo cuando lo hacen temblar por el frío, Yo que soy la
Mamá sé las pequeñas necesidades de mi pequeñito divino, ni Él sabría estar sin su Mamá,
somos inseparables los dos, Yo repito en las almas lo que hice en su edad infantil, y mientras
hago crecer a mi Hijo prestándole todos los cuidados para hacerlo feliz, al mismo tiempo tomo
cuidado de mi hija para hacerla crecer según la quiere mi Hijo. Esta es mi misión más que
celestial, en cuanto veo a mi Hijo en las almas, así corro, desciendo en ellas y me ocupo de su
crecimiento. Mucho más que siendo una la Voluntad de mi Hijo con la mía, es como connatural
que donde se encuentra Él ahí estoy también Yo, y por consecuencia mi amor se impone el
desarrollar el oficio de Madre a Aquél que tanto me ama, y a aquellos que tanto amamos, porque
me siento como gemelos nacidos en un parto, a mi Hijo y a la criatura, ¿cómo no amarlos?”.
(5) Después, con un acento más tierno y conmovedor ha agregado:
(6) “Hija mía, cómo es bella, grande, prodigiosa la virtud de la Divina Voluntad. Ella vacía todo
lo que no es ni luz, ni divino, une las distancias más lejanas, repite en acto lo que fue hecho por
siglos y siglos y vuelve como connatural el acto humano en el divino, es su fuerza creadora que