En suma, no hay cosa en la cual mi Querer no corra, y ¡oh! la fiesta que hace cuando ve que
ella recibe este dulce encuentro y recibe el bien que sin cesar jamás le quiere dar, y si la criatura,
también ella corre en cada cosa hacia Quien corre hacia ella, ¡oh! entonces mi Fiat es tomado
por tanto amor, que su mar interminable crece, forma sus olas altísimas y las descarga en el
pequeño marecillo, agrandando en modo maravilloso y prodigioso la capacidad y extensión del
suyo en el marecillo del alma. Hija mía, estos son nuestros modos divinos, amar siempre sin
cesar jamás, dar siempre sin jamás terminar de dar, si esto no fuera, deberíamos poner un límite
a nuestra potencia, un basta a nuestro amor, pero no lo podemos, porque siendo nuestro Ser
infinito, por Sí mismo corre en busca de quien ama y que quiere ser amado, por eso los límites
no tienen valor y el basta no existe para Nosotros. A lo más, quien ingrato no nos quiere
reconocer, y no reconociéndonos, le sucede como al ciego, que a pesar de que el sol no le niega
su luz, más bien lo inviste por todas partes, no lo ve ni lo conoce, pero no puede negar que no
siente su calor. Esto no puede suceder a quien vive en nuestro Querer, pues Él mismo lo tiene
en estado vigilante, en acto de espera continua para recibir nuestros encuentros, para
encontrarnos; nuestras carreras para correr hacia Nosotros, y si nuestro amor, para hacerla
correr de más le esconde nuestras carreras, mientras corremos lo mismo, ¡oh! cómo sufre la
pobre hija, tanto, que estamos obligados a romper rápidamente el velo del escondite y decirle:
‘Estamos aquí, tranquilízate, no temas, pues jamás dejaremos a nuestra hija, a la hija de nuestro
Querer’. Y para tranquilizarla le hacemos sentir más a lo vivo nuestro amor, y la abundamos de
gracias mayores”.
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34-33
Abril 25, 1937
Prodigio del acto obrante de la Divina Voluntad en la criatura.
Cómo quien la hace obrar en ella, es la suspirada, la bienvenida,
la preferida de toda la corte celestial. Todo lo que se hace
en Ella, adquiere la virtud de producir Vida Divina.
(1) Estaba pensando en la Divina Voluntad obrante en la criatura. Dios mío, cuántas
sorpresas, cuántas escenas conmovedoras, cuántas maravillas y prodigios que sólo un Dios
puede hacer, y la pequeñez humana queda admirada, encantada al ver la Inmensidad del Fiat
Divino, que mientras queda inmenso, se encierra en su pequeño acto, y con la potencia creadora
forma en él su acto obrante, con una cadena de prodigios divinos inauditos, pero tales y tantos,
que los Cielos quedan maravillados y la tierra tiembla ante el acto obrante del Querer Divino en
la criatura; pero mientras mi mente se perdía en estas sorpresas, mi Sumo Bien Jesús, repitiendo
su breve visita, todo bondad me ha dicho:
(2) “Mi pequeña hija del Fiat Supremo, es tanto nuestro amor, que no apenas la criatura llama
a nuestro Querer en su acto, corre y desciende en el acto de ella. El llamarlo no es otra cosa
que preparar el lugarcito donde debe obrar, llamarlo significa amarlo, y que siente la necesidad
del acto obrante de mi Voluntad para que la suya no sólo no obre, sino que quede como escabel
y admiradora de un Querer tan Santo. Después, descendiendo lleva Consigo su virtud creadora,
sus alegrías y bienaventuranzas celestiales, a la misma Trinidad Sacrosanta como espectadora
y actora de su obrar, y mientras en el lugarcito de la criatura pronuncia su Fiat, forma tales
prodigios y maravillas, que el cielo, el sol, se quedan detrás, y supera todo lo bello de la Creación,
ahí crea su música divina, los soles más refulgentes, en él crea su Vida obrante, sus nuevas
alegrías; es tal y tanto este acto, que los ángeles, los santos, quisieran vaciar las regiones
Celestiales para gozarse el acto obrante de su Fiat creador. Es tal y tanta la belleza, la