(6) “Pobre hija, no temas, porque es cierto que vendrá tu día en el cual quedarás absorbida
en Mí, sin embargo, debes saber que tus continuas violencias de venir a Mí, especialmente tras
mis invitaciones, te sirven mucho y te hacen vivir en la atmósfera del aire, sin la sombra de
ningún peso terreno; tanto, que tú eres como aquellas flores que no tienen ni siquiera la raíz en
la tierra, y viviendo así suspendida en el aire, vienes a recrear al Cielo y a la tierra, y tú mirando
el Cielo, sólo en él te recreas y te nutres de todo lo que es celestial, y viendo la tierra tienes
compasión de ella, y la ayudas por cuanto puedes por parte tuya; pero en comparación con el
olor del Cielo adviertes inmediatamente la peste que exhala de la tierra y la aborreces. ¿Podría
ponerte en una posición para Mí y para el Cielo más querida, y para ti y para el mundo más
provechosa?”
(7) Y yo: “Sin embargo, oh Señor mío, deberías tener compasión de mí con no alargar mi
morada aquí, por las tantas razones que tengo; especialmente por los tristes tiempos que se
preparan; ¿quién tendrá corazón para ver carnicería tan sangrienta? Y además, por tus
continuas privaciones que me cuestan más que la muerte”. Mientras esto decía, he visto una
multitud de ángeles entorno a Nuestro Señor que decían:
(8) “Señor y Dios nuestro, no os hagáis más importunar, conténtala, nosotros con ansia la
esperamos. Heridos por su voz hemos venido aquí para escucharla, y estamos impacientes por
llevarla con nosotros. Y tú, oh elegida, ven a alegrarnos en nuestra celestial morada”.
(9) El bendito Jesús, conmovido, parecía que quisiera condescender y ha desaparecido, y
encontrándome en mí misma me sentía aumentado el dolor, tanto, que deliraba continuamente;
pero no me entendía a mí misma por el contento.
+ + + +
4-9
Septiembre 19, 1900
Obediencia de pedir alivio en las penas a Jesús.
(1) Duplicándose siempre más el espasmo del dolor, habría querido esconderlo y hacer que
nadie se diera cuenta, y habría querido tenerlo en secreto, sin decir al confesor lo que he dicho
arriba; pero era tan fuerte el espasmo que me ha resultado imposible, y el confesor valiéndose
de su acostumbrada arma de la obediencia, me ha ordenado que le manifestara todo; entonces,
después de haberle manifestado todas las cosas, me ha dicho que por obediencia debía pedirle
al Señor que me liberara, de otra manera cometería pecado. ¡Oh, qué clase de obediencia es
esta, es siempre ella la que se atraviesa en mis planes! Entonces, de mala gana he aceptado
esta nueva obediencia, pero a pesar de esto no tenía corazón para rogar al Señor que me
liberara de un amigo tan querido, como lo es el dolor, mucho más que esperaba salir del exilio
de esta vida. El bendito Jesús me toleraba, y al venir me ha dicho:
(2) “Tú sufres mucho, ¿quieres que te libere?”
(3) Y yo, habiéndoseme olvidado un momento la obediencia he dicho: “No Señor, no, no me
liberes, me quiero ir; y además Tú sabes que no sé amarte, soy fría, no hago grandes cosas por
Ti, al menos te ofrezco este sufrir para satisfacer a lo que no sé hacer por amor tuyo”.
(4) Y Él: “Y Yo hija mía, infundiré tanto amor y tanta gracia en ti, de modo que ninguno me
pueda amar y desear como tú, ¿no estás contenta?”
(5) “Sí, pero me quiero venir”. Jesús ha desaparecido, y yo volviendo en mí misma me he
acordado de la obediencia recibida, y he tenido que acusarme con el confesor, y me ha ordenado
que absolutamente no quería que me fuera, y que el Señor me debía liberar. ¡Qué pena sentía
al recibir esta obediencia! parece que quiere tocar los extremos de mi paciencia.
206 sig