con tal plenitud de gracias, que encierra a todo y a todos, todo concentramos en esta Concepción
de la Virgen; en nuestro Fiat Divino, en el cual no existe pasado ni futuro, tuvo presente la
Encarnación del Verbo, y la hizo concebir y encarnar en mi misma Encarnación, futuro Redentor;
mi sangre, que estaba en acto como si la estuviera esparciendo, la regaba, la embellecía, la
confirmaba, la fortalecía continuamente en modo divino. Pero no bastaba a mi Amor, todos sus
actos, palabras y pasos, primero eran concebidos en los actos, palabras y pasos míos, y
después tenían la vida. Mi Humanidad era el refugio, el escondite, la incorporación de esta
Celestial Criatura, así que si nos amaba, su amor era encarnado y concebido en mi Amor, y ¡oh!
conforme nos amaba, su amor encerraba todo y a todos, puedo decir que amaba como sabe
amar un Dios, tenía nuestras mismas locuras de amor por Nosotros y por todas las criaturas, y
que amando una vez, ama, ama siempre sin jamás cesar; su oración era concebida en mi
oración, y por eso tenía un valor inmenso, una potencia sobre nuestro Ser Supremo, y ¿quién
podía negarle nada? Sus penas, sus dolores, sus martirios, que fueron tantos, primero fueron
concebidos en mi Humanidad, y después sentía en sí la vida de las penas y de los martirios
desgarradores, todos animados por una Fuerza divina. Entonces se puede decir que se concibió
en Mí, de Mí salió su vida, todo lo que Yo hice y sufrí se alineó en torno a esta Santa Criatura
para cortejarla y volcarme continuamente sobre de Ella y poderle decir: ‘Eres la Vida de mi Vida,
eres toda bella, eres la primera redimida, mi Fiat Divino te ha modelado, te ha dado el aliento y
te ha hecho concebir en mis obras, en mi misma Humanidad’.
(3) Ahora hija mía, este concebir en el Verbo Encarnado a esta Celestial Criatura, fue hecho
por Nosotros con suma Sabiduría, con Potencia inalcanzable, con Amor inagotable, y con el
decoro que conviene a nuestras obras. Debiendo Yo, Verbo del Padre, descender del Cielo
para encarnarme en el seno de una Virgen, no era suficiente a la Santidad de mi Divinidad la
sola virginidad y haberla exentado de la mancha de origen, por eso fue necesario a nuestro
Amor y a nuestra Santidad, que esta Virgen primero fuera concebida en Mí con todas las
prerrogativas, virtudes y bellezas que debía poseer la Vida del Verbo Encarnado, y por eso
después pude concebirme en quien había sido concebida en Mí, y encontré en Ella mi Cielo, la
Santidad de mi Vida, mi misma sangre que la había generado y derramado tantas veces,
encontré mi misma Voluntad, que comunicándole la Fecundidad Divina formó la Vida a su Hijo
e Hijo de Dios. Mi Fiat Divino para hacerla digna de poderme concebir, la tuvo investida y bajo
su imperio continuo que posee todos los actos como si fuera un solo acto para darle todo,
llamaba en acto mis méritos previstos, toda mi Vida y la vertía continuamente dentro de su bella
alma. Por eso sólo Yo puedo decir la verdadera historia de la Inmaculada Concepción, y de
toda su vida, porque la concebí en Mí y estoy al día de todo, y si la Santa Iglesia habla de la
Celestial Reina, pueden decir sólo las primeras letras del alfabeto de su santidad, grandeza y
dones con los que fue enriquecida. Si tú supieras el contento que siento cuando hablo de mi
Madre Celestial, quién sabe cuantas preguntas me harías para darme la alegría de hacerme
hablar de quien tanto amo, y me ha amado”.
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