(5) De nuevo ha agregado: “He derramado, ¿quieres tú que derrame otro poco, así me aligero
más?”
(6) Y yo: “Señor mío, no me lo preguntes siquiera, estoy a vuestra disposición, puedes hacer
de mí lo que quieras”. Así ha derramado de nuevo y ha desaparecido dejándome sufriente y
contenta por el pensamiento de que había aligerado las penas de mi amado Jesús.
+ + + +
4-7
Septiembre 16, 1900
Andria
(1) Mi amable Jesús continúa viniendo, y me ha participado algunas penas de su Pasión, y
después me ha transportado fuera de mí misma, haciéndome ver los pueblos circunvecinos,
especialmente me parecía que fuese Andria, que si el Señor no hace uso de su omnipotencia
para su castigo, las revueltas se harán serias, mucho más que parecía que había incitación por
parte de algunos sacerdotes para estas revueltas, lo que amargaba más a Nuestro Señor.
Entonces, después de haber visitado varias iglesias junto con Jesús bendito, haciendo actos de
reparación y adoración por las tantas profanaciones que se cometen en las iglesias, Jesús me
ha dicho:
(2) “Hija mía, déjame derramar un poco, pues son tales y tantas las amarguras que no puedo
sufrirlas solo, y mi corazón no las puede soportar”.
(3) Así ha derramado y ha desaparecido, regresando otras veces sin decirme más nada.
+ + + +
4-8
Septiembre 18, 1900
La Caridad al prójimo. Le ruega que se la lleve al Cielo.
(1) Esta mañana mi adorable Jesús me ha transportado fuera de mí misma y me hacía ver los
muchos males que se cometen contra la caridad del prójimo, cuánta pena daban al pacientísimo
Jesús, parecía que los recibía Él mismo; entonces todo afligido me ha dicho:
(2) “Hija mía, quien hace daño al prójimo se hace daño a sí mismo, y matando al prójimo mata
su alma, y así como la caridad predispone al alma a todas las virtudes, así el no tener la caridad
predispone al alma a cometer toda suerte de vicios”.
(3) Después de esto nos hemos retirado, y como desde hacía varios días sufría un dolor
intenso en las costillas, me sentía por ello sin fuerzas. Y el bendito Jesús, compadeciéndome
me ha dicho:
(4) “Amada mía, tú te quisieras venir, ¿no es verdad?”
(5) Y yo: “Quiera el Cielo Señor mío, que este dolor fuese causa para venir a Ti; cómo le
estaría agradecida, cuán querido me sería, y lo tendría por uno de mis más fieles amigos, pero
creo que quieres tentarme como las otras veces, y excitarme con tus invitaciones, y quedando
después desilusionada vendrás a hacer más crudo y desgarrador mi martirio. Pero, ¡ah, ten
compasión de mí y no me dejes mucho más tiempo sobre la tierra!, absorbe en Ti este mísero
gusano que tiene razón, porque de Ti mismo ha salido”. El amable Jesús enterneciéndose todo
al oírme, me ha dicho: