una su Vida entera, sus penas, su amor ardiente. Entonces mi dulce Jesús, todo bondad me ha
dicho:
(2) “Mi pequeña hija de mi Querer, mi Amor quiere desahogarse, siente la necesidad de hacer
conocer a quien quiere vivir de mi Voluntad, lo que Yo hice y hago para que vuelva a reinar y
dominar en medio a las criaturas; tú debes saber que toda mi Vida no fue otra cosa que el
llamado continuo de mi Voluntad en medio a ellas, y el llamado de las criaturas en mi Fiat
Supremo, tanto, que cuando me concebí simbolizaba el llamado, el regreso para hacerla
concebir en las criaturas que con tanta crueldad la habían puesto fuera de sus almas, y las
llamaba a ellas a concebirse en Ella. En cuanto nací, llamaba a renacer a mi Querer en todas
las obras humanas; en todas mis lágrimas infantiles, gemidos, plegarias y suspiros, llamaba con
mis lágrimas y suspiros a mi Voluntad en las lágrimas, penas y suspiros de las criaturas, para
que nada hicieran en que no sintieran la fuerza, el imperio de mi Voluntad reinante en ellas, la
cual apiadándose de mis lágrimas y de las de ellas, les habría dado la gracia del regreso de su
reino. También mi exilio simbolizaba cómo las criaturas se habían exiliado de mi Querer, y Yo
quise ser exiliado para llamar a mi Voluntad en medio a los pobres exiliados, a fin de que los
llamara y convirtiera el exilio en patria, donde no más serían tiranizados por los enemigos, por
gente extranjera, por viles pasiones, sino que estarían con la plenitud de los bienes de mi
Voluntad. Y mi regreso a Nazaret simboliza muy bien mi Divina Voluntad, Yo vivía en Ella
escondido, su reinar estaba en pleno vigor en la sagrada familia, Yo era el Verbo, la Voluntad
Divina en persona velada por mi Humanidad, aquella misma Voluntad que reinaba en Mí se
difundía a todos, los abrazaba, era movimiento y vida de cada uno, Yo sentía en Mí el
movimiento y la vida de cada uno, de la cual mi Fiat era el actor; qué pena, qué dolor el no ser
reconocido, ni recibir un gracias, un te amo, un acto de reconocimiento, ni del mundo entero, ni
del mismo Nazaret, porque no sólo mi Voluntad, sino también mi Santa Humanidad vivía en
medio a ellos, la cual no cesaba de dar luz a quien pudiera verme y acercarse a Mí para hacerme
conocer, pero que en mi dolor quedaba siempre el Dios escondido. Tal es la suerte de mi Querer
Divino, el hombre fue creado con la fuerza creadora del Fiat, nació, fue unido, empapado en Él,
le suministra el movimiento continuo, el calor, la vida, terminará su vida en el Fiat, sin embargo
¿quién lo conoce? ¿Quién es agradecido por este acto divino continuo, sin jamás cansarse, que
con tanto amor envuelve la vida de la criatura para darle vida? Casi ninguno hija mía; hacer el
bien, ser causa primaria de conservación y dar vida perenne a la criatura, mantener el orden de
todas las cosas creadas en torno a ella y sólo para ella, y no ser reconocido, es el dolor de los
dolores, y la paciencia de mi Voluntad llega a lo increíble, ¿pero sabes tú el por qué de esta
paciencia tan invencible y constante? Porque sabe que vendrá su reino, será reconocida su
Vida palpitante en medio a las criaturas, y en vista de la gran gloria que recibirá al ser conocida
que es vida de cada vida, y mientras es vida recibirá cada vida para reinar en ella, no estará
más escondida sino develada y reconocida; en vista de esto soporta tanto desconocimiento, y
sólo una paciencia divina podría soportar la prolijidad de tantos siglos de tanta ingratitud
humana. De Nazaret pasé al desierto donde había máxima soledad, la mayor parte habitado
por animales feroces que ensordecían el desierto con sus rugidos que me rodeaban, símbolo
de mi Divina Voluntad, que cuando no es conocida se forma el desierto en torno a la criatura y
una soledad que da horror y espanto, se aridece el bien y el alma se siente circundada más que
por animales feroces, esto es, por sus pasiones brutales que mandan rugidos de rabia, de bestial
furor, de crueldad, de toda suerte de males. Mi Santa Humanidad iba paso a paso buscando y
encontrando todos los dolores que había sufrido mi Divina Voluntad para repararla y llamarla de
nuevo a reinar de nuevo en medio a las criaturas, puedo decir que cada latido, respiro, palabra,
paso y pena míos, era el llamado continuo a mi Voluntad a hacerse conocer por las criaturas
para hacerla reinar, y las llamaba a ellas en Ella para hacerles conocer el gran bien, la santidad,
la felicidad del vivir en el Fiat. Del desierto pasé a la vida pública, en la que pocos fueron los
que me creyeron que Yo era el Mesías, especialmente de los doctos casi ninguno, y Yo quise