amor por Mí, en suma todas las cosas creadas tienen que decirme una palabrita, un te amo, un
testimonio de reconocimiento, pero ¿quién me las hace hablantes? ¿Quién es quien da la voz
a todas las cosas? Quien vive en mi Voluntad; Ella la transforma tanto, que no hay amor que
no se haga dar, ni obras que no pueda repetir en ella, por eso se pueden llamar su Vida viviente
y la repetidora de las obras de su Creador”.
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34-7
Marzo 1, 1926
Prodigios de la Encarnación del Verbo Divino. Cómo los Cielos quedaron
estupefactos y los ángeles quedaron mudos. Prodigios cuando la Divina
Voluntad obra en la criatura. La Trinidad Divina llamada a concilio.
Dios al crearnos pone una dosis de su Amor en la criatura.
(1) Estoy bajo la prensa de la privación de mi dulce Jesús, me siento triturada, deshecha,
como si mi vida quisiera terminar, pero el Querer Divino triunfante sobre mi pequeño ser surge
en mi alma, y me llama a hacer mi jornada en su Voluntad, me parece que mientras me siente
morir sin morir, Ella forma su victoria y es su triunfo, y su Vida resurge más bella, toda llena de
majestad y de duplicado Amor sobre mi voluntad que muere. ¡Oh! Voluntad Divina, cuánto me
amas, Tú me haces sentir la muerte para concentrar mayormente tu Vida en mí. Después
continuaba mi jornada en sus actos divinos, y habiendo llegado a la Encarnación del Verbo se
sentía tal amor, de sentirse quemar, consumir en sus llamas divinas. Y mi sumo bien Jesús,
como ahogado en sus llamas de amor me ha dicho:
(2) “Hija mía bendita, mi Amor fue tanto al Encarnarme en el seno de mi Madre Celestial, que
Cielos y tierra no podían contenerlo, el acto de Encarnarme ocurrió en un acto de amor tan
intenso, tan fuerte, tan grande, que era más que suficiente para quemar todo y a todos de amor.
Tú debes saber que antes de Encarnarme, mi Padre Celestial vio en Sí mismo, y en el ímpetu
de su Amor, no pudiendo contenerlo sacaba de Sí torrentes, mares de Amor, en este ímpetu de
amor vio a su Hijo, y Yo me encontraba en sus mismas llamas de amor y me ordenó que me
encarnara; Yo lo quería, y en un ímpetu de amor, sin dejar a mi Padre ni al Espíritu Santo,
sucedió el gran portento de la Encarnación. Quedé con mi Padre, y al mismo tiempo descendí
al seno de mi Madre. Las tres Divinas Personas eran inseparables, no sujetas a separarse, por
eso puedo decir: ‘Quedé en el Cielo y descendí a la tierra, y el Padre y el Espíritu Santo
descendieron Conmigo a la tierra y quedaron en el Cielo’. Por eso, en este acto tan grande
nuestro Ser Divino desbordó tanto en amor, que los Cielos quedaron maravillados y los ángeles
sorprendidos y mudos, todos envueltos en nuestras llamas de amor. La Encarnación no fue otra
cosa que un acto de nuestra Divina Voluntad, ¿qué cosa no sabe hacer y puede hacer? Todo;
llega con su Potencia y con su Amor infinito hasta obrar el prodigio jamás oído, ni hecho, de
hacernos quedar en el Cielo y descender en la prisión del seno Materno. Así quiso nuestra
Voluntad que se hiciera.
(3) Ahora hija mía, cada vez que el alma quiere hacer mi Voluntad, mi Padre Celestial primero
observa dentro de Sí, llama como en concilio a la Trinidad Sacrosanta, para llenar aquel acto de
nuestra Voluntad de todos los bienes posibles e imaginables, después lo saca de Sí y hace
investir a la criatura de su Voluntad obrante, comunicante, transformante, y como en la
Encarnación las tres Divinas Personas quedaron en el Cielo y descendieron en el seno de la
Inmaculada Virgen, así mi Voluntad, con su potencia transporta Consigo en su acto operativo a
la Trinidad Divina en la criatura, mientras la deja en el Cielo, y forma en la voluntad humana su
acto divino. Ahora, ¿quién puede decirte las maravillas que vienen encerradas en este acto de
nuestra Voluntad? Nuestro amor surge y se difunde tanto, de no encontrar lugar dónde ponerse,
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