(4) Pero Él acercándose a mi boca, casi a la fuerza ha derramado de su boca alguna gota de
leche dulce, que han mitigado mi sufrir; quién puede decir la confusión, la vergüenza que sentía
delante de Él, esperándome un regaño, pero Jesús como si no hubiera advertido mi falta se
mostraba más afable, más dulce. Yo, viéndolo así he dicho: “Mi adorable Jesús, una vez que
has derramado en mí y yo sufro, debes perdonar al mundo, ¿no es verdad?”.
(5) Y Él: “Hija mía, ¿crees tú que Yo haya derramado todo en ti? Y además, ¿cómo podrías
afrontar todo lo que de castigo derramaré sobre el mundo? Tú misma has visto que aquel poco
que he derramado no podías resistirlo, y si no hubiese venido a ayudarte habrías sucumbido,
ahora, ¿qué sería si derramara todo en ti? Amada mía, te he dado mi palabra, te contentaré en
parte”.
(6) Después de esto me ha transportado fuera de mí misma, en medio de las gentes, y
continuaba viendo los tantos males, especialmente maquinaciones de revoluciones contra la
Iglesia, y entre la sociedad, planes para matar al Santo Padre y a sacerdotes. Yo me sentía
desgarrar el alma al ver estas cosas, y pensaba entre mí: “Si, jamás sea, llegaran a efectuarse
estas maquinaciones, ¿qué pasará? ¿Cuántos males vendrán?” Y toda afligida he mirado a
Jesús, y Él me ha dicho:
(7) “Y de aquella revuelta sucedida acá, ¿qué dices tú?”.
(8) Y yo: “¿Cuál revuelta? En mi país no ha sucedido nada”.
(9) Y Él: “¿No te acuerdas de la revuelta de Andria?”.
(10)“Sí Señor”.
(11) “Y bien, parece que es nada, pero no es así, aquella fue toda una ocasión, y es un
fomento, una fuerza para otras ciudades para moverse y derramar sangre, causando ultraje a
las personas consagradas, y a mis templos, y como cada uno quiere mostrar cuánto es más
fiero en exaltar el mal, harán competencia para ver quién puede hacer más mal”.
(12) Y yo: “¡Ah Señor, da la paz a la Iglesia y no permitas tantas desgracias!” Y queriendo
decir más, se me desapareció, dejándome toda afligida y pensativa.
+ + + +
4-6
Septiembre 14, 1900
Jesús vierte para aplacar su justicia. El heroísmo de la verdadera virtud.
(1) Esta mañana mi adorable Jesús no venía, y después de mucho esperar se hacía ver dentro
de mi interior, que apoyándose en mi corazón ceñía sus brazos a su alrededor y apoyaba su
sacratísima cabeza en él, todo afligido, serio, de modo que te imponía silencio, y volteado de
espaldas al mundo. Después de haber estado un poco en mudo silencio, porque el aspecto con
que se mostraba no permitía el atreverse a decir una palabra, se ha quitado de esa posición y
me ha dicho:
(2) “Había resuelto no derramar, pero han llegado a tal punto las cosas, que si no derramara
estallarían inminentemente tales alborotos, de mover revoluciones que harían sangrientas
matanzas”.
(3) Y yo: “Sí Señor, derrama, este es mi único deseo, que desahogues sobre mí tu ira y
perdones a las criaturas”. Así ha derramado un poco. Después, como si se hubiese calmado ha
agregado:
(4) “Hija mía, como cordero me hice conducir al matadero y estuve mudo ante quien me
sacrificó, así será de aquellos pocos buenos de estos tiempos; sin embargo esto es el heroísmo
de la verdadera virtud”.