+ + + +
4-4
Septiembre 10, 1900
Amenaza contra los perversos.
(1) Esta mañana me he encontrado fuera de mí misma y veía las tantas infamias y pecados
enormes que se comenten, así como también los cometidos contra la Iglesia y el Santo Padre.
Después, regresando en mí misma ha venido mi adorable Jesús y me ha dicho:
(2) “¿Qué dices tú del mundo?”
(3) Y yo, sin saber a donde quería llegar con esta pregunta, impresionada como estaba por
las cosas vistas, he dicho: “Señor bendito, ¿quién puede decir la perversidad, la dureza, la
fealdad del mundo? No tengo palabras para decirte cuán malo es”.
(4) Y Él, tomando ocasión de mis mismas palabras ha agregado: “¿Has visto cómo es
perverso? Tú misma lo has dicho, no hay modo de hacer que se rinda, después de que casi le
he quitado el pan, permanece en la misma obstinación, más bien peor, y por ahora va a
procurárselo con los robos y con las rapiñas, haciendo daño a sus semejantes, por tanto es
necesario que le toque la piel, de otra manera se pervertirá mayormente”.
(5) Quién puede decir cómo he quedado petrificada ante este hablar de Jesús, me parece que
he sido yo la ocasión para hacer que se irritara contra el mundo; en vez de excusarlo lo he
pintado negro, después he hecho cuanto he podido por disculparlo, pero no me ha prestado
atención; el mal ya estaba hecho. ¡Ah Señor, perdóname esta falta de caridad y usa misericordia!
+ + + +
4-5
Septiembre 12, 1900
Sufrimiento despiadado, Jesús la alivia.
Maquinaciones de revoluciones contra la Iglesia.
(1) Continúa casi lo mismo, esta mañana al venir ha derramado sus amarguras, y yo he
quedado tan sufriente que he comenzado a pedirle al Señor que me diese la fuerza y que me
aliviase un poco, porque no podía resistir. Mientras estaba en eso, me ha venido una luz a la
mente haciendo que pensara que cometía pecado al hacer esto, y además, ¿qué dirá el bendito
Jesús?, mientras en otras ocasiones le he rogado tanto que derramara, esta vez que sin hacerse
rogar había derramado, estaba buscando alivio, de parece que me voy haciendo más mala, y
llega a tanto mi maldad, que aun delante de Él mismo no me abstengo de cometer defectos y
pecados. Entonces, no sabiendo qué hacer para reparar, he resuelto en mi interior que por esta
vez, para hacer un mayor sacrificio y darme una penitencia a fin de que mi naturaleza en otra
ocasión no osara buscar alivio, renunciar a la venida de Nuestro Señor, y si viniese debía decirle:
“No vengas amor, ten compasión de mí, no me alivies”. Así he hecho y he pasado algunas horas
en intenso sufrimiento y sin Jesús; cuán amargo me resultaba. Pero Jesús teniendo compasión
de mí, sin que lo buscara ha venido, y yo pronto le he dicho: “Ten paciencia, no vengas, que no
quiero alivio”.
(2) Y Él: “Hija mía, estoy contento de tu sacrificio, pero tienes necesidad de un consuelo, de
otro modo desfallecerías”.
(3) Y yo: “No Señor, no quiero alivio”.