misma para no ver nada, pero mi dulce Jesús, como si quisiera que viera escenas tan
desgarradoras, me ha detenido y me ha dicho:
(4) “Hija mía, cómo es doloroso ver tanta perfidia humana, una nación que engaña a otra y
arrastran mutuamente a los pobres pueblos en el tormento y en el fuego, pobres hijos míos. Tú
debes saber que la tempestad será tan fuerte, que sucederá como cuando un viento impetuoso
transporta con su fuerza, piedras, tierra, árboles, de modo que queda despejada de todo, tanto
que con más facilidad se pueden poner nuevas plantas. Así esta tempestad servirá para purificar
los pueblos y hacer surgir el día sereno de la paz y de la unión fraterna. Tú ruega para que todo
sirva para mi gloria, para el triunfo de mi Voluntad y para el bien de todos”.
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33-49
Octubre 13, 1935
Es tanto el amor de Jesús, que siente la necesidad de
desahogarse con la criatura. Él está entre su Padre Celestial
y las criaturas, y queda golpeado por amor de ellas.
(1) Me sentía según la costumbre toda abandonada en los brazos de mi dulce Jesús, el cual
sentía la necesidad de desahogar su amor ardiente; hablar de su amor es un desahogo, hacer
comprender en cuáles penas, apuros, impedimentos lo pone su amor, es para Él el más grande
consuelo. Y ¡oh! cómo es desgarrador oírlo con voz sofocada en el llanto, anhelante, a media
voz: “Ámenme, ámenme, no quiero otra cosa que amor, el no ser amado es el más grande de
mis dolores, ¿y por qué no soy amado? Porque no se hace mi Voluntad. Ella es portadora de
mi amor y me hace amar por la criatura con amor divino, y Yo sintiendo mi amor me siento
liberado de la intensidad de mis llamas, y siento el dulce descanso, el reposo, el alivio en mi
mismo amor que me da la criatura”. Ahora, mientras esto pensaba, mi Sumo Bien Jesús,
visitando mi pequeña alma se hacía ver envuelto en sus llamas y me ha dicho:
(2) “Hija mía, si tú supieras en qué estrecheces me pone mi amor. Escúchame, mi Padre
Celestial era mío, lo amaba con tal intensidad de amor, que me consideraría feliz de poner la
Vida para que ninguno me lo pudiera ofender, era una sola cosa con Él, mi misma Vida, y no
amarlo, no lo podía, ni lo quería, nuestra virtud divina formaba un solo amor con mi Padre
Celestial, por eso inseparable. Las criaturas por parte de mi Humanidad eran mías, incorporadas
en Mí, podría decir que formaban mi misma Humanidad, ¿cómo hacer para no amarlas? Sería
como no amar la propia vida, y ¡oh! en qué condiciones, intrigas, impedimentos me ponía mi
amor; escucha: ‘Amaba a mi Padre, verlo ofendido era el más grande de mis martirios; amaba
a las criaturas, eran mías, me las sentía en Mí, y éstas no había ofensa que no hicieran,
ingratitudes que no cometieran. Mi amado Padre Celestial justamente quería golpearlas,
deshacerse de ellas, y Yo en medio de uno y otro, quedaba golpeado por Aquél que tanto amaba,
y quedaba a sufrir las penas de aquellos, dolerme por ellos, y mientras junto con el Padre
quedaba ofendido también Yo, las amaba hasta la locura, y ponía la Vida para salvar a cada
criatura, no podía ni quería sustraerme de mi Padre Celestial, porque era mío y lo amaba, más
bien era mi deber, como su verdadero Hijo, darle toda la gloria, el amor, la satisfacción que le
debían todas las criaturas, y si bien golpeado por penas indescriptibles, Yo mismo quería
hacerme golpear, porque lo amaba y amaba a aquellos por los cuales era golpeado. ¡Ah! sólo
mi amor, por ser divino, sabe formar tales invenciones amorosas, tales estratagemas que llegan
a lo increíble, y forma el heroísmo del verdadero amor, tanto que se termina con quedar
quemado, consumido sobre la hoguera del amor, por quien amaba y los tenía como seres
incorporados en Sí, que forman su propia Vida. !Ay¡ en qué estrecheces me pone mi amor, me