el reino de la Emperatriz Celestial, hará de Reina en medio a sus hijos en la tierra, pondrá a su
disposición sus mares de gracias, de santidad, de potencia, pondrá en fuga a todos los
enemigos, los crecerá en su regazo, los esconderá en su luz, cubriéndolos con su amor,
alimentándolos con sus propias manos, con el alimento de la Divina Voluntad. ¿Qué no hará
esta Madre y Reina en medio a este su reino, con sus hijos y con su pueblo? Dará gracias jamás
oídas, sorpresas jamás vistas, milagros que sacudirán Cielos y tierra, le daremos todo el campo
libre para que nos forme el reino de nuestra Voluntad sobre la tierra, será la guía, el verdadero
modelo, será también el reino de la Soberana Celestial. Por eso ruega también tú junto con Ella,
y a su tiempo obtendrán el intento”.
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33-45
Julio 21, 1935.
La pena más íntima y más dolorosa de Jesús es la espera;
sus invenciones, delirios, reencuentros de amor.
(1) Estoy entre los brazos de la Divina Voluntad, pero con el clavo en el corazón de la privación
de mi dulce Jesús; espero y espero, y el solo esperar es la pena que más me tortura, las horas
me parecen siglos, los días interminables, y si jamás sea, se presenta la duda de que mi querida
Vida, el dulce Jesús no vendrá, ¡oh! entonces no sé qué me sucede, quiero deshacerme de mí,
de la misma Divina Voluntad que me tiene aprisionada en esta tierra y con rápido vuelo irme al
Cielo, pero esto no me es dado, porque sus cadenas son tan fuertes que no están sujetas a
romperse, y me siento atar más fuerte, tanto que apenas me es dado el pensarlo y termino con
un abandono más intenso en el Fiat Supremo. Pero mientras deliraba, no pudiendo más, mi
siempre amable Jesús ha regresado a su pequeña hija haciéndose ver con una herida en el
corazón que derramaba sangre y llamas, como si quisiera cubrir todas las almas con su sangre
y quemarlas con su amor, y todo bondad me ha dicho:
(2) “Hija mía, ánimo, también tu Jesús sufre, y las penas que me dan más dolor son las penas
íntimas, que me hacen verter sangre y llamas, pero mi pena mayor es el continuo esperar, mis
miradas están siempre fijas en las almas y veo que una criatura ha caído en el pecado, y espero
y espero su regreso a mi corazón para perdonarla, y no viéndola venir espero con el perdón en
mis manos, ese esperar me recrudece la pena y me forma un tormento tal, de hacerme verter
sangre y llamas de mi traspasado corazón, las horas, los días que espero me parecen años,
¡oh! cómo es duro esperar. Pasemos adelante, mi amor ama tanto a la criatura, que al ponerla
a la luz del día establezco cuántos actos de amor debe hacerme, cuántas plegarias, cuántas
obras buenas debe hacer, y esto para darle el derecho de que Yo la amase siempre, que le
concediera las gracias, las ayudas para bien obrar, pero las criaturas se sirven de esto para
formarme la pena de esperar. ¡Oh! cuántas esperas entre un acto de amor y el otro, si es que
me lo hacen, cuánta lentitud en el obrar el bien, en el rogar, si es que lo llegan a hacer, y Yo
espero y vuelvo a esperar, siento la inquietud de mi amor que me da el delirio, los desvaríos y
me da tal pena íntima, que si estuviera sujeto a morir habría muerto tantas veces por cuantas
veces no soy amado por las criaturas. Además de esto está la larga espera en el Sacramento
de mi amor, Yo espero a todos, llego a contar los minutos, ¡pero qué! A muchos en vano los
espero, otros vienen con una frialdad glaciar, de ponerme al colmo el duro martirio de mis
esperas, pocos son aquellos que nos esperamos mutuamente, y sólo en estos me fortalezco,
me siento como repatriado en sus corazones, desahogo mi amor y encuentro un alivio al duro
martirio de mi continuo esperar, a algunos parece que sea nada esta pena, sin embargo es la
máxima que constituye el más duro martirio, y tú puedes decir cuánto te cuesta el esperarme,
tanto que si Yo no viniera a poner término y a sostenerte, no habrías podido durar. Y además