llamaba a los de allá arriba y a los de la tierra a adorar a mi Creador, postrándonos todos juntos,
para que una fuera la adoración, la voluntad, el amor de todos. Entonces, mientras esto hacía,
mi dulce Jesús ha continuado:
(4) “Hija mía, el primer deber de la criatura es adorar a Aquél que la ha creado, el primer acto
que habla de santidad es el deber; el deber llama al orden, y el orden hace surgir la más bella
armonía entre el Creador y la criatura, armonía de voluntad, armonía de amor, de modos y de
imitaciones, el deber es la sustancia de la santidad, y como todas las cosas creadas poseen y
tienen como en naturaleza la marca de la verdadera adoración, por eso la criatura unida con
ellas puede dar la más perfecta adoración a Aquél que la ha creado. Por eso cada cosa creada
es una adoración profunda que mandan a Aquél que las ha creado, y la criatura uniéndose junto
en virtud de nuestro Querer, las pone todas en adoración, dando a Dios lo que cada una debiera,
y elevándose sobre todas nos lleva a todos y viene a latir en nuestro latido y a respirar en nuestro
respiro. ¡Oh! cómo es dulce y agradable este latido y respiro en el nuestro, y Nosotros para
corresponderlo palpitamos en su corazón y respiramos en su respiro, dándole el latido y el
respiro divino como Vida, patrimonio, y crecimiento de nuestro Ser Supremo en ella. Y por eso
al deber de la adoración, surge el primer deber del acto de la Creación, el de dar vida a su
Creador en la propia alma, dándole el dominio, la libertad de formarse, de palpitar y respirar,
llenarla de amor para poder decir con hechos: ‘Esta criatura es la portadora de su Creador, y
me deja hacer lo que Yo quiero’. Tan es verdad, que su latido lo poseo Yo, nada tiene de suyo,
lo que es suyo es mío y lo que es mío es suyo, Yo tengo mi puesto de amor en ella, y ella tiene
el puesto de honor en el mío. Así que Cielo y tierra se dan el beso de paz y de unión
permanente”.
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33-42
Junio 17, 1935
Dios, con darnos la voluntad humana libre, se ponía a nuestra disposición,
para sentírsela, adaptarse con ella, como si Él tuviera necesidad de la criatura.
Condiciones amorosas en las que Dios se puso por amor de las criaturas.
(1) Estaba haciendo mi giro en el Querer Divino, y me he detenido en todo lo que mi Mamá
Celestial había hecho en la Divina Voluntad; ¡Dios mío, qué sorpresas! Este Fiat Divino bilocado,
multiplicado, obrante, que formaba tales encantos de belleza, de gracia, de obras, de hacer
sorprender no sólo al Cielo y a la tierra, sino a Dios mismo, viéndose encerrado en la Soberana
Reina y obrar Dios en Ella como obra en Sí mismo. Y ¡oh! cómo habría querido dar de mi parte,
a mi Dios toda aquella gloria, que le daba la Soberana Señora de todos aquellos actos que había
hecho la Divina Voluntad en el Sagrario, en el escondite, dentro de los velos de la Inmaculada
Señora. Pero mientras esto pensaba, mi Sumo Bien Jesús sorprendiéndome con su breve visita
me ha dicho:
(2) “Mi pequeña hija de mi Querer Divino, no hay prodigio mayor, ni bondad y amor más
grandes, ni magnanimidad de parte nuestra que no tiene límites, que descender en la bajo de la
voluntad humana y obrar como Dios, cual somos, en ella, como si obráramos en Nosotros
mismos. Por eso nuestra sabiduría infinita, llevada por un exceso de amor hacia la criatura, nos
hizo darle la pequeña voluntad humana libre, independiente de todos; con darle esta voluntad
libre nos poníamos a su disposición si quisiera que descendiéramos en su pequeñez y bajeza y
obrar como Dios, y nuestra Voluntad hacer en ella lo que puede hacer en nuestro Ser Supremo.
Este era el prodigio más grande y el amor que ningún otro amor puede igualar, dar la voluntad
humana a la criatura, casi para estarle sujetos, y como si quisiéramos que dependiera de ella el