la mente, habla en el corazón, habla sobre la lengua, y ahora habla con voz articulada, ahora
con gemidos, ahora suplicante, ahora con imperio, ahora con tal dulzura de conmover los
corazones más duros y más obstinados. Dios mío, qué potencia contiene tu Querer, ¡ah! haz
que yo viva siempre en Él, pero mientras esto pensaba, mi dulce Jesús haciéndome su breve
visita, con una bondad indecible me ha dicho:
(2) “Hija mía, ¡mi Voluntad! ¡Mi Voluntad! Es todo, hace todo, da todo; ¿quién puede decir
que no ha recibido todo de Ella? Tú debes saber que la misma criatura, tanto de santidad posee
por cuanto está en orden, en relación con mi Voluntad; tanto más se eleva a la unión con Dios
por cuanto más está unida con Ella; su valor, sus méritos, son medidos por las relaciones que
ha tenido con mi Voluntad, así que todo el fundamento, la base, la sustancia, el origen de los
bienes en la criatura, dependen de cuántos actos ha hecho de mi Voluntad, de cuánto conoce
de Ella. Así que si en todos sus actos ha hecho entrar mi Querer, puede decir: ‘Todo es santo,
todo es puro y divino en mí’. Y todo le podemos dar, también nuestra Vida en su poder; en
cambio si nada ha hecho de mi Voluntad, y nada conoce, no tenemos qué darle, porque nada
merece, porque le falta la semilla de generar el bien que nos pertenece, por eso ningún derecho
de recibir la paga de su Padre Celestial; si no ha trabajado en nuestro campo, podemos decir:
‘No te conozco’. Por eso, si en todo, o al menos en parte, no ha hecho nada de mi Voluntad, el
Cielo está cerrado para la criatura, no tiene ningún derecho a la Patria Celestial. Esta es la causa
por la que insistimos tanto que nuestra Voluntad se haga siempre, que sea conocida, porque
queremos poblar el Cielo de nuestros amados hijos, y como todo ha salido de Nosotros,
queremos que todo nos regrese a nuestro regazo divino”.
(3) Después de esto continuaba pensando en la Divina Voluntad, y rogaba que se apresurara,
y que con su Omnipotencia que todo puede, venciera todos los obstáculos e hiciera venir su
reino, y que su Voluntad reinara como en el Cielo así en la tierra. Pero mientras esto pensaba,
ante mi mente mi dulce Jesús hacía ver tantas cosas funestas y horripilantes, ante las cuales se
conmovían los corazones más duros y quedaban aterrados los más obstinados, todo era terror
y espanto. Yo he quedado tan afligida de sentirme morir, y rogaba que evitara tantos flagelos.
Y mi amado Jesús, como si tuviera piedad de mi aflicción me ha dicho:
(4) “Hija mía, ánimo, todo servirá para el triunfo de mi Voluntad, si golpeo es porque quiero
sanar, mi amor es tanto, que cuando no puedo vencer por vía de amor y de gracias, trato de
vencer por vía de terror y de espanto, la debilidad humana es tanta, que muchas veces no cuida
mis gracias, se hace la sorda a mis voces, se ríe de mi amor, pero basta tocarle la piel, quitarle
las cosas necesarias para la vida natural, que abaja su altanería, se siente tan humillada que se
hace un harapo, y Yo hago lo que quiero, sobre todo si no tienen una voluntad pérfida y
obstinada, basta un castigo, verse a la orilla del sepulcro, para que regrese a mis brazos. Tú
debes saber que amo siempre a mis hijos, a mis amadas criaturas, me desviviría por no verlas
golpeadas, tanto, que en los tiempos funestos que vendrán, los he puesto a todos en las manos
de mi Mamá Celestial, a Ella los he confiado para que me los tenga seguros bajo su manto, le
daré a todos aquellos que Ella querrá, la misma muerte no tendrá poder sobre aquellos que
estarán en custodia de mi Mamá”.
(5) Ahora, mientras esto decía, mi querido Jesús me hacía ver con hechos que la Soberana
Reina descendía del Cielo con una Majestad indecible, y una ternura toda materna, y giraba en
medio a las criaturas en todas las naciones y marcaba a sus queridos hijos y a aquellos que no
debían ser tocados por los flagelos, a quienquiera que tocaba mi Mamá Celestial, los flagelos
no tenían poder sobre de ellos; el dulce Jesús daba el derecho a su Mamá de poner a salvo a
quien Ella quería. Cómo era conmovedor ver girar en todas las partes del mundo a la Emperatriz
Celestial, que los tomaba entre sus manos maternas, se los estrechaba a su pecho, los escondía
bajo su manto a fin de que ningún mal pudiera dañar a aquellos que su materna bondad tenía
bajo su custodia, custodiados y defendidos. ¡Oh! si todos pudieran ver con cuánto amor y