esparcido en la Creación, así que para ser rey del cielo, del sol, del viento, del mar y de todo,
debía poseer dentro de él un cielo, un sol, y así lo demás, de modo que la Creación debía reflejar
en él, y él debía, poseyendo las mismas cualidades, reflejar en la Creación y dominarla. En
efecto, si no tuviera un ojo lleno de luz, ¿cómo podía gozarse la luz del sol y tomar de ella cuanto
quisiera? Si no tuviera pies y manos para recorrer la tierra y tomar lo que la tierra produce,
¿cómo podría decirse rey de la tierra? Si no tuviera el órgano respiratorio para respirar el aire,
¿cómo podría servirse de él? Y así de todo lo demás. Por eso, antes de crear al hombre
miramos toda la Creación, y en nuestro énfasis de amor exclamamos: ‘Cómo son bellas
nuestras obras, pero entre todas haremos al hombre más bello, concentraremos todo en él, de
modo que la Creación la encontraremos fuera y dentro de él. Y conforme lo íbamos modelando,
así encerrábamos en él el cielo de la razón, el sol de la inteligencia, la rapidez del viento en el
pensamiento; la extensión del espacio, la fuerza, el imperio en la voluntad; el movimiento en el
alma, en la cual encerrábamos el mar de la Gracia, el aire celestial de nuestro amor y todos los
sentidos del cuerpo como la más bella floración. ¡Oh! hombre, cómo eres bello, pero no
contentos con esto poníamos en él el gran Sol de nuestra Voluntad, y dándole el gran don de la
palabra, a fin de que fuera con los hechos y con las palabras el elocuente narrador de su
Creador; era él nuestra imagen, la cual Nosotros nos complacíamos en enriquecerla de nuestras
más bellas cualidades. Pero no contentos de todo esto, fuimos presas de un amor tan
exuberante hacia él, que nuestra inmensidad lo envolvía por todas partes, dondequiera y a cada
instante nuestra Omnividencia lo veía en cada cosa, y hasta en las fibras de su corazón nuestra
potencia lo sostenía, llevándolo por todas partes en nuestros brazos paternos; nuestra Vida,
nuestro movimiento, palpitaba en su latido, respiraba en su respiro, obraba en sus manos,
caminaba en sus pies, y llegaba a hacerse escabel hasta bajo sus pasos; nuestra paterna
bondad para tener al seguro a este nuestro amado hijo, lo ponía en condiciones de que él no se
podía separar de Nosotros, ni Nosotros de él. ¿Qué más podíamos hacer y no hicimos? He
aquí por qué lo amamos tanto, porque mucho nos costó, desembolsábamos por él nuestro amor,
nuestra potencia, nuestra Voluntad, y poníamos en actitud nuestra sabiduría infinita, y no
queríamos otra cosa mas que nos amara y que libremente viviera en todo en nuestra Voluntad,
y reconociera cuánto lo hemos amado y hecho por él. Estas son nuestras pretensiones
amorosas, ¿quién, cruel, querrá negárnoslas? Pero ¡ay de Mí! Existe desgraciadamente quien
nos las niega y forma sus notas dolorosas en nuestro amor. Por eso sé atenta y tu vuelo en
nuestra Voluntad sea continuo”.
(3) Después de esto continuaba mi giro en la Creación, y no sabiendo hacer otra cosa ofrecía
a Dios la extensión del cielo para adorarlo, el centelleo de las estrellas como genuflexiones
profundas, la luz del sol para amarlo, pero mientras esto hacía pensaba entre mí: “Pero el cielo,
las estrellas, el sol, no son seres animados, no tienen razón, ¿cómo pueden hacer lo que yo
quiero?” Y mi amado Jesús, siempre benigno ha agregado:
(4) “Hija mía, para crear la Creación primero se necesitó nuestra Voluntad querida y decidida
de crearla, y cuando nuestra Voluntad quiso, entonces convirtió en obras lo que quiso. Así que
en cada cosa creada está nuestra Voluntad querida y obrante, la cual quedó siempre en acto de
querer y obrar. Por eso ofreciendo a nuestra Majestad Suprema el cielo, el sol y lo demás, se
ofrece no la cosa material y superficial que se ve, sino la misma Voluntad querida y obrante de
Dios que hay dentro de cada cosa creada, y si no tienen razón, hay dentro una razón divina y
una Voluntad querida y obrante de Dios que todo anima, y ofreciéndolas nos ofrece el acto más
grande, la Voluntad más santa, las obras más bellas y no interrumpidas, sino continuas, en las
cuales están las adoraciones más profundas, el amor más perfecto, la más grande gloria que la
criatura nos puede dar, por medio de nuestra Voluntad querida y obrante en toda la Creación, y
si el cielo, las estrellas, el sol, el viento, no entienden nada, lo entiende mi Voluntad y la tuya,
que queremos servirnos de ellas, y basta”.