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3-112
Septiembre 1, 1900
La obediencia pone la paz entre Dios y el alma.
(1) Continuando Jesús sin venir, estaba yo diciendo: “Mi buen Jesús, ven, no me hagas
esperar tanto, esta mañana no tengo ganas de inquietarme y de buscarte hasta llegar a
cansarme. Ven de una vez, pronto, pronto, así, por la buena”. Y viendo que no venía continuaba
diciendo: “Se ve que quieres que me canse y que llegue hasta inquietarme, de otra manera no
vienes”.
(2) Mientras esto y otros desatinos decía, Jesús vino y me ha dicho:
(3) “¿Me sabrías decir qué mantiene la correspondencia entre el alma y Dios?”
(4) Y yo, pero siempre con una luz que me venía de Él he dicho: “La oración”.
(5) Y Jesús, aprobando lo que dije ha agregado: “¿Pero qué atrae a Dios a conversaciones
familiares con el alma?”
(6) Y yo no sabía responder, pero enseguida la luz se ha movido en mi inteligencia y he dicho:
“Si la oración vocal sirve para mantener la correspondencia, ciertamente la meditación interior
debe servir de alimento para mantener la conversación entre Dios y el alma”.
(7) Él, contento de esto, ha replicado: “Ahora, ¿me sabrías tú decir quién rompe las dulces
controversias, quién quita los amorosos enfados que pueden surgir entre Dios y el alma?”
(8) Y yo al no responder, Él mismo ha dicho:
(9)“Hija mía, sólo la obediencia tiene este oficio, porque ella sola decide las cosas
relacionadas entre el alma y Yo, y surgiendo controversias, o bien algún enfado para mortificar
al alma, al llegar la obediencia rompe las contiendas, quita los enojos y pone paz entre Dios y el
alma”.
(10) Y yo: “¡Ah! Señor, muchas veces parece que tampoco la obediencia quiere tomarse la
molestia y se queda indiferente, y la pobre alma es obligada a estarse en aquel estado de
controversias y de enfado”.
(11) Y Jesús: “Esto lo hace por un cierto tiempo, queriendo también ella complacerse en asistir
a esas amables controversias, pero después toma su oficio y pacifica todo. Así que la obediencia
pone la paz entre el alma y Dios”.
(12) Dicho esto, ha desaparecido.
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3-113
Septiembre 4, 1900
La impureza y las obras buenas imperfectamente
hechas, son alimento repugnante para Jesús.
(1) Habiendo recibido la comunión, mi adorable Jesús me ha transportado fuera de mí misma,
haciéndose ver sumamente afligido y amargado. Entonces le pedí que derramara en mí sus
amarguras, pero Jesús no me hacía caso, pero insistiendo, después de mucho tiempo se ha
complacido en derramarlas. Después de haber derramado un poco de amargura le pregunté:
“Señor, ¿no te sientes mejor ahora?”
(2) Y Él: “Sí, pero no era lo que derramé lo que me causaba tanta pena, sino un alimento
nauseante e insípido que no me deja reposar”.
(3) Y yo: “Derrama un poco en mí, así te aliviarás un poco”.
(4) Y Él: “Si no puedo digerirlo y soportarlo Yo, ¿cómo lo podrás tú?”