32-23
Septiembre 10, 1933
Nuestro Señor desembolsa el precio para comprar su Divina
Voluntad, para darla a las criaturas. El baño en el Querer
Divino. El marecillo del alma y el gran mar de Dios.
(1) Estaba siguiendo a la Divina Voluntad en sus actos, tanto de la Creación como de la
Redención, veía cómo todos tenían una conexión con la voluntad humana para que pudiera
tener su puesto la Divina, y como muchos actos humanos huían de recibir la santidad del acto
divino, no dándole el primer puesto, pensaba entre mí: “Cómo es difícil que el Fiat Supremo
extienda su reino en los actos humanos de las criaturas, porque parece que no reconocen ni
siquiera el acto divino que corre en ellos, por lo tanto no lo aprecian ni le dan la supremacía
debida, más bien parece que los actos humanos son como un pueblo sin rey, sin orden, y
muchos son enemigos de los actos divinos que les quieren dar la vida, porque mientras corren
en ellos no los reconocen”. Dios mío, decía entre mí, ¿cómo puede ser que tu Voluntad forme
su reino? Y mi siempre amable Jesús, sorprendiéndome, todo ternura, ahogado de amor, como
si tuviera necesidad de un desahogo me ha dicho:
(2) “Hija bendita de mi Voluntad, no hay que tener dudas, es más que cierto que mi Querer
tendrá su reino en medio a las criaturas, como fue cierto mi descendimiento del Cielo a la tierra.
Yo, haciéndola de rey, debía constituir el reino a mi Fiat, el cual el hombre había rechazado, por
eso mi Divinidad unida a mi Humanidad descendía del Cielo para comprar mi Divina Voluntad
para las criaturas; cada acto que hacía era un adelanto del precio que se requería, y que daba
a la Divina Majestad para volver a comprar lo que el hombre había rechazado y perdido, así que
cada acto mío, pena, lágrima, y la misma muerte de cruz, no fue otra cosa que desembolsar el
precio suficiente para comprar mi Voluntad Divina y darla a las criaturas. Así que si la compra
fue hecha, pagado el precio, la Divinidad aceptó, y fue concluido el pago con el sacrificio de mi
Vida, ¿cómo no debe venir su reino? Tú debes saber que conforme mi Humanidad obraba,
sufría, oraba, así mi Fiat Divino descendía en lo bajo de mis actos humanos y formaba su reino,
y como Yo era la cabeza, el hermano mayor de todas las generaciones humanas, el reino
pasaba a mis miembros, a mis hermanos menores. Pero primero era necesaria la Redención,
porque ésta debía servir para labrar el terreno de las voluntades humanas, para purificarlas,
prepararlas, embellecerlas, y para hacerles conocer cuánto le ha costado a este Hombre y Dios
la compra que ha hecho de esta Voluntad Divina para darla a las criaturas, a fin de que puedan
recibir la gracia de poder recibir el gran don de ser dominadas por mi Voluntad; si no hubiera
estado primero la Redención, faltaría el desembolso del precio y el acto preparatorio para un
bien tan grande. Es más, te digo que la Divinidad, antes de que Yo descendiera del Cielo había
decretado la Redención y el reino de mi Voluntad, debiendo servir la una al desembolso de la
otra, porque siendo Ella Divina y de valor infinito, se necesitaba un Hombre Dios que pudiese
pagar y adquirir un Querer Divino, para darlo de nuevo a quien lo había perdido, y si esto no
fuese, no me habría movido del Cielo para venir sólo a redimir, sobre todo que me interesaba
más el restituir los derechos a nuestra Voluntad ofendida y rechazada que la misma Redención,
y además no habría actuado como Dios si ponía a salvo a mis criaturas, y mi Voluntad la hacía
a un lado, no dándole los derechos debidos y de restituirle su reino en medio a las criaturas. Por
eso está cierta, vendrá su tiempo, me armaré de potencia y de amor, y sonará la hora del triunfo
del reino de mi Fiat, y además, lo dicen mis tantas verdades que he manifestado sobre mi Divina
Voluntad, ¿para qué decirlas si no debiera venir su reino? Habría sido un jueguito mi largo decir,
o bien un bien individual, pero no, no, puedo decir que mi hablar era el continuo desembolso
1954 sig