(3) Dicho esto ha desaparecido, dejándome reanimada, sí, pero débil, como si hubiese sufrido
una fiebre.
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3-110
Agosto 30, 1900
Luisa va al purgatorio para aliviar al difunto rey de Italia.
(1) Habiendo pasado algunos días de privación y de amargura, en que a lo más he visto a
Jesús alguna vez como sombra y relámpago. Esta mañana encontrándome en lo sumo de la
amargura, y no sólo eso, sino como si hubiese perdido la esperanza de volverlo a ver. Después
de haber recibido la comunión me parecía que el confesor ponía la intención de la crucifixión,
entonces el bendito Jesús para hacerme obedecer se ha mostrado y me ha participado sus
penas. Mientras tanto he visto a la Reina Mamá, que tomándome me ofrecía a Él a fin de que
se aplacara. Y Jesús, teniendo consideración de la Mamá, aceptó el ofrecimiento y parecía que
se aplacaba un poco. Después de esto la Mamá Reina me ha dicho:
(2) “¿Quieres ir al purgatorio para aliviar al rey de las penas horribles en las cuales se
encuentra?”
(3) Y yo: “Mamá mía, como Tú quieras”.
(4) En un instante me ha tomado, y me ha transportado a un lugar de suplicios atroces, todos
mortales. Ahí estaba aquel miserable, que de un suplicio pasaba al otro, parecía que por cuantas
almas se habían perdido por causa suya, otras tantas muertes él debía sufrir. Entonces, después
de haber pasado yo por algunos de aquellos suplicios, él ha quedado un poco más aliviado y la
Mamá Reina me sustrajo de ese lugar de penas y me encontré en mí misma.
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3-111
Agosto 31, 1900
En las almas interiores no puede estar la turbación.
(1) Encontrándome en mi habitual estado y no viniendo mi adorable Jesús, estaba toda afligida
y un poco pensativa sobre el por qué no venía. Después de mucho esperar y esperar ha venido,
y viendo que de sus manos brotaba sangre, le pedí que de su mano izquierda derramara sangre
sobre el mundo en provecho de los pecadores que estaban por morir y en peligro de perderse,
y de la mano derecha que derramara su sangre en el purgatorio; y Él escuchándome
benignamente se sacudió y derramó su sangre sobre una y otra parte. Después de esto me ha
dicho:
(2) “Hija mía, en las almas interiores no puede estar la turbación, y si ésta entra es porque el
alma se sale fuera de sí misma, y haciendo esto hace de verdugo a sí misma, porque saliendo
fuera de ella se aferra a tantas cosas que ve y que no son Dios, y a veces ni siquiera cosas que
se refieren al verdadero bien del alma, por lo que regresando en sí misma y llevando cosas que
le son extrañas, se tortura por ella misma y con esto viene a enfermarse a sí misma y a la gracia.
Por eso, estate siempre en ti misma y estarás siempre en calma”.
(3) ¿Quién puede decir cómo comprendía con claridad, y cómo encontraba la verdad en estas
palabras de Jesús? ¡Ah Señor, si te dignas instruirme, dame gracia para aprovechar tus santas
enseñanzas, de otra manera todo será para mi condena!