pequeña ganancia, los Cielos quedaban admirados, los ángeles quedaban raptados y mudos al
verme abajar a las acciones más humildes de la vida. Así mi amor tenía su deshago, llenaba,
desbordaba en mis actos, y Yo era siempre el divino conquistador y triunfador. Para Mí el tomar
el alimento no era necesario, pero lo tomaba para hacer correr más amor y hacer nuevas
conquistas y triunfos, así que daba el curso a las cosas más humildes y bajas de la vida, que
para Mí no eran necesarias, pero lo hacía para formar tantas vías distintas para hacer correr mi
amor y formar nuevas conquistas y triunfos sobre mi Humanidad, para hacer de Ella un don a
quien tanto amaba, y por eso, quien no recibe mi amor y no me ama, forma mi más duro martirio
y pone en la cruz a mi amor. Pero sigo adelante, para formar la Redención bastaba una lágrima,
un suspiro, pero mi amor no habría quedado contento pudiendo dar y hacer de más, habría
quedado obstaculizado en sí mismo y no habría podido darse la gloria de decir: ‘Todo he hecho,
todo he sufrido, todo te he dado, mis conquistas son sobreabundantes, mi triunfo es completo’.
Puedo decir que he llegado hasta confundir a la ingratitud humana con mi amor, con mis excesos
y con penas inauditas, por eso, Yo mismo en cada pena ponía la intensidad del dolor más intenso
y acerbo, las confusiones más humillantes, las barbaries más crueles, y después de que las
circundaba de todos los efectos más dolorosos, que sólo un Hombre y Dios podía sufrir, me
exponía a sufrirla, y ¡oh! las admirables conquistas en mis penas y el pleno triunfo que hacía mi
amor, ninguno habría podido tocarme si Yo no lo quisiera, y aquí está todo el secreto, mis penas
eran voluntarias, queridas por Mí, y por eso contienen el milagroso secreto, la fuerza vencedora,
el amor que compunge, y tienen virtud de arrollar todo el mundo y cambiar la faz de la tierra”.
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32-7
Abril 23, 1933
La Vida de Jesús fue un continuo abandono en las manos del Padre.
Quien vive en la Divina Voluntad jamás interrumpe su camino.
Ejemplo del reloj. Toma el Cielo en un puño y por asalto.
(1) Continúo pensando en las penas de mi apasionado Jesús, y habiendo llegado al último
instante de su Vida, he oído resonar en el fondo de mi corazón: “En tus manos, ¡oh! Padre,
encomiendo mi espíritu”. Era la más sublime lección para mí, el llamado a todo mi ser en las
manos de Dios, el pleno abandono en sus brazos paternos, y mientras mi mente se perdía en
tantas reflexiones, mi penante Jesús, visitando mi pequeña alma me ha dicho:
(2) “Hija mía bendita, mi Vida acá abajo, como comenzó así terminó, desde el primer instante
de mi concepción fue un acto mío continuado, puedo decir que a cada instante me ponía en las
manos de mi Padre Celestial, era el homenaje más bello que le daba su Hijo, la adoración más
profunda, el sacrificio más heroico y completo, el amor más intenso de filiación que le daba; mi
pleno abandono en sus manos volvía mi Humanidad hablante, y con voz imperante, que pedía
todo y obtenía todo lo que Yo quería; mi Padre Celestial no le podía negar nada a un Hijo suyo
abandonado en sus brazos, mi abandono de cada instante era el acto más agradable, tanto, que
quise coronar el último aliento de mi Vida con las palabras: ‘Padre, en tus manos encomiendo
mi espíritu’. La virtud del abandono es la virtud más grande, es comprometer a Dios a que tome
el cuidado del abandonado en sus brazos, el abandono dice a Dios: ‘Yo no quiero saber nada
de mí mismo, esta mi vida es tuya, no mía, y la tuya es mía’. Por eso si quieres obtener todo, si
me quieres amar de verdad, vive abandonada en mis brazos, hazme oír el eco de cada instante
de mi Vida: ‘En tus manos toda me abandono’. Y Yo te llevaré en mis brazos como la más
querida de mis hijas”.