aplastado bajo de ellas no hace sentir el beneficio de la vida de su calor, pero supón que un
viento fuerte aleja las cenizas del fuego, y éste hace ver y sentir su vida; así el viento fuerte de
la luz de mi Fiat pondrá en fuga los males, las pasiones, que como cenizas esconden la Vida
Divina en ellas, y sintiéndola viva tendrán vergüenza de no hacer dominar a nuestra Voluntad.
Hija mía, el tiempo dirá todo, y los que no creen quedarán confundidos”.
(7) Después de esto seguía la Divina Voluntad en la Encarnación del Verbo, para hacer correr
mi amor, mi adoración y agradecimiento en este acto tan solemne y lleno de ternura y de amor
excesivo que, Cielo y tierra son sacudidos y quedan mudos, no encontrando palabras dignas
para alabar un exceso de amor tan sorprendente, y mi dulce Jesús con una ternura que me hace
romper el corazón me ha dicho:
(8) “Hija amadísima, en mi Encarnación fue tanto el amor, que los Cielos se abajaron y la tierra
se elevó; si los Cielos no se abajaban, la tierra no tenía virtud de elevarse, fue el Cielo de nuestro
Ente Supremo que llevado por un exceso de amor, el más grande jamás oído, se abajó, besó la
tierra elevándola a Sí, y se formó las vestiduras de mi Humanidad para cubrirse, ocultarse,
identificarse, unificándose juntos para hacer vida común con ella; y formando no un solo exceso
de amor, sino una cadena de continuos excesos, restringía mi inmensidad en el pequeño cerco
de mi Humanidad, para Mí la potencia, la inmensidad, la fuerza, eran naturaleza, y usarlas no
me habría costado nada, lo que me costó fue que en mi Humanidad debía restringir mi
inmensidad y quedarme como si no tuviese ni potencia, ni fuerza, mientras estaban conmigo e
inseparables de Mí, y debía adaptarme a los pequeños actos de mi Humanidad, y sólo por amor,
no porque no podía, así que descendí en todos los actos humanos para elevarlos y darles la
forma y el orden divino. El hombre con hacer su voluntad destruyó en sí el modo y el orden
divino, y mi Divinidad cubierta por mi Humanidad vino a rehacer lo que él había destruido; ¿se
puede dar amor más grande hacia una criatura tan ingrata?”
+ + + +
32-4
Abril 2, 1933
El respiro y el latido de Dios es el “te amo”. Su amor es generativo
y obrante. El más grande prodigio es encerrar su Vida en la criatura.
(1) Mi pequeña alma siente la necesidad extrema de vivir entre los brazos del Fiat Divino, y
como soy recién nacida apenas, soy débil y no sé dar un paso por mí misma, y si quisiera probar
a hacerlo no tendría éxito, y corro peligro de hacerme mal, por eso, temiendo de mí misma me
abandono de más en sus brazos diciéndole: “Si quieres que haga, hagámoslo juntos, porque
por mí no sé hacer nada”. Y entonces siento en mí un amor continuo, un movimiento, un respiro
que no son míos, pero tan fundidos que no sé decir bien si es mío o no es mío, y mientras estaba
pensativa, mi soberano Jesús sorprendiéndome, todo bondad me ha dicho:
(2) “Hija mía bendita, tú debes saber que nuestro Ser Divino no es otra cosa que una sustancia
toda de amor, así que como consecuencia, todo, dentro y fuera de Nosotros, todo es amor, por
lo que nuestro respiro es amor, y el aire que respiramos es amor; nuestro latido es amor, y
mientras palpitamos amor, forma la circulación de puro amor en nuestro Ser Divino, con una
carrera que no se detiene jamás, y esta circulación mientras conserva nuestra Vida en el puro y
perfecto equilibrio de amor, da amor a todos y quisiera amor de todos, y todo lo que no es amor
no entra en Nosotros, ni puede entrar, ni encontraría el lugar donde ponerse, la plenitud de
nuestro amor quemaría todo lo que no fuese puro y santo amor. ¿Pero quién dirige esta nuestra
Vida toda de amor? La luz, la santidad, la potencia, la omnividencia, la inmensidad de nuestra
Voluntad que llena Cielo y tierra de nuestro Ser Supremo, de manera que no hay punto donde