venganza de ellos destruyéndolos, por eso, sangre por una parte y sangre por la otra. Entonces
me he encontrado dentro de un jardín que me parecía que era la Iglesia, y dentro había una
multitud de gente bajo aspecto de dragones, de víboras y de otras bestias enfurecidas, que
devastando aquel jardín y luego saliendo de él, formaban la ruina de las gentes. Mientras esto
veía he encontrado en mis brazos a mi amado Señor y le he dicho: “Finalmente te has dejado
encontrar, ¿eres Tú verdaderamente mi amado Jesús?”
(4) Y Él: “Sí, sí, soy tu Jesús”.
(5) Yo quería decirle que librara a tantas gentes, pero Él no haciéndome caso, todo afligido
ha agregado:
(6) “Hija mía, estoy bastante cansado, vamos al lecho a reposar si quieres que me entretenga
contigo”.
(7) Y yo, temiendo que se fuera hice silencio, haciéndole conciliar el sueño. Poco después ha
reentrado en mi interior, dejándome reanimada, sí, pero sumamente afligida.
+ + + +
3-103
Julio 30, 1900
Luisa detiene la espada de la Justicia.
(1) He pasado una noche y un día inquieta. Desde el principio me sentía salir fuera de mí
misma, sin que pudiese encontrar a mi adorable Jesús; no veía más que cosas que me daban
terror y espanto. Veía que en Italia se levantaba un fuego y otro que se estaba levantando en
China, que poco a poco, uniéndose, se confundían en uno solo. En este fuego veía al rey de
Italia, muerto repentinamente por engaño, y esto era como medio para avivar y engrandecer el
incendio. En suma, veía una rebelión, un tumulto, una matanza de gentes. Habiendo visto estas
cosas me sentí en mí misma, y sentía desgarrárseme el alma, hasta sentirme morir, mucho más
que no veía a mi adorable Jesús. Después de mucho esperar se ha hecho ver con una espada
en la mano, en acto de usarla sobre las gentes. Yo, toda espantada y siendo un poco atrevida
cogí la espada con la mano diciéndole: “Señor, ¿qué haces? ¿No ves cuántas aflicciones
sucederán si usas esta espada? Lo que más me aflige es que veo que tomas en medio a Italia.
¡Ah Señor, aplácate! ¡Ten piedad de tus imágenes! Y si dices que me amas, evítame este acerbo
dolor”. Y mientras esto decía detenía la espada con toda la fuerza que podía. Jesús, dando un
suspiro, todo afligido me ha dicho:
(2) “Hija mía, déjala, déjala caer sobre las gentes, porque no puedo más”.
(3) Y yo tomándola más fuerte: “No puedo dejarla, no tengo valor para hacerlo”.
(4) Y Él: “No te lo he dicho muchas veces, que estoy obligado a no hacerte ver nada, de otra
manera no soy libre de hacer lo que quiero”.
(5) Y mientras esto decía, bajó el brazo con la espada y se puso en actitud de calmarse de su
furor. Poco después ha desaparecido y yo he quedado con un cierto temor, quién sabe y a lo
mejor sin dejarme ver me jalara la espada y la usara sobre las gentes. ¡Oh Dios, qué angustia
al solo acordarme!
+ + + +