siempre más en sus conocimientos para poder probar nuevos gustos divinos, porque cada
conocimiento de más, es un gusto de más que se recibe, y estimula el apetito para querer gustar
otro. A veces se siente un hambre insaciable que no se sacia jamás, y se quisiera estar siempre
con la boca abierta para recibir este alimento celestial. Por eso mi mente estaba tan llena de
las tantas cosas que respectan a la Divina Voluntad, que si yo quisiera escribirlo todo, no sé
dónde tomaría el papel, por ello me limito por cuanto puedo, y como alguna duda serpenteaba
en mi mente, mi celestial maestro Jesús, visitando a su pequeña recién nacida me ha dicho:
(2) “Hija bendita, un acto tiene más valor cuando se conoce el bien que hay dentro, y cuanto
más se conoce, tanto más adquiere, porque la criatura hace aquel acto sobre la base del valor
que conoce, y nuestra paterna bondad no sabe engañar, ni burlar a ninguno, si hacemos conocer
que está aquel valor en aquel acto, es porque queremos dar el valor por Nosotros manifestado,
y la señal cierta es el mismo conocimiento, que ya posee por sí mismo, aquel valor. Nosotros
hacemos como un rey que toma un papel que no tiene valor y escribe, dónde cien, dónde mil,
dónde un millón, el papel sigue siendo el mismo, tiene la misma forma, pero según el número
así posee su valor, por eso quien da el valor al papel es el número y la imagen del rey, el cual
sirve como moneda del reino. Ahora así hacemos Nosotros: El papel es el acto de la criatura,
el conocimiento es nuestra imagen divina, el valor es el número que ponemos. Por lo tanto,
¿qué maravilla si decimos que un acto solo en nuestra Voluntad supera en valor a todos los
actos juntos de todas las otras criaturas hechos fuera de Ella? Es nuestra imagen que se acuña
sobre el papel en el acto humano, y el valor de nuestro conocimiento que le pone el número;
¿no somos Nosotros libres de poner el número que queremos sobre el papel del humano
querer? Si es libre el rey de poner el número que quiere sobre un vilísimo papel, mucho más
Nosotros para formar la moneda que debe correr en nuestra patria celestial. Además de esto,
nuestra Voluntad fue un don gratuito que dimos al hombre, nada nos pagó para tenerlo, ni él
tenía monedas o medios suficientes para pagarnos, sino el vilísimo papel de su voluntad
humana, que por su desventura ni siquiera nos la quiso prestar para poder tener nuestro gran
don, y además, Nosotros éramos su Padre ternísimo y amantísimo, y entre padre e hijos no se
hacen cuentas, porque se sabe que el padre debe dar a los hijos, y ellos están obligados con
deber de justicia a amar y tener con estima lo que les da el padre. He aquí por qué la necesidad
de los conocimientos sobre la Divina Voluntad, y los revelamos poco a poco a fin de que la
criatura aprecie este don tan grande, que gratuitamente le queremos dar. El conocimiento
genera el apetito, el deseo de conocer más, y el humano querer se dispone poco a poco a recibir
la transformación, la unificación de la Divina Voluntad, y Nosotros sin hacer cuentas, ni fijarnos
si nos puede pagar o no, ponemos nuestra imagen y el número incalculable de un valor divino,
y estaremos contentos al ver a nuestros hijos ricos y felices, con nuestra misma felicidad y
riqueza divina”.
(3) Además de esto, mi dulcísimo ha agregado:
(4) “Hija mía, tú debes saber que conforme la criatura obra en nuestra Voluntad, recibe en su
acto la fecundidad divina, la cual forma el germen divino en todos sus actos, que difundiéndose
en toda el alma, forma el germen divino en el pensamiento, en la palabra, en todo, de modo que
se ve en su pequeño acto el dulce encanto de su Creador, feliz de dar vida con su amable
presencia al acto de la criatura. ¡Oh, si se pudiese ver por todos la dulce sorpresa, el prodigio
inaudito, el Ente Supremo encerrado en el breve giro del acto humano, quedarían de tal manera
sorprendidos, que todo el prodigio del universo sería nada en comparación de éste. Por ello hay
gran diferencia entre quien obra en mi Voluntad, y entre quien obra sin Ella: La primera es
manantial, cuya fuente se puede gloriar que jamás se termina su agua, y que puede dar agua a
quien quiere sin jamás secarse; la segunda es fuente que no brota y se seca. La primera es
tierra fecunda y sus prados están siempre floridos, la segunda es tierra estéril que apenas
produce alguna planta selvática. La primera tiene el sol a su disposición, el cuál le hace beber
1899 sig