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Septiembre 4, 1932
La correspondencia, necesidad del amor divino. La
Divina Voluntad obrante, continuación de la Creación.
(1) Estoy siempre en el mar del Querer Divino, el cual me hace presente toda la Creación.
Qué teatro inmenso, en el cual hay escenas tan conmovedoras, que a claras voces revelan el
gran amor de Dios hacia las criaturas, y que raptan el corazón a amarlo. Y pensaba en la gran
ingratitud humana, pues la criatura no se deja raptar para amarlo. Y mi dulce Jesús
sorprendiéndome, con su corazón lleno de amor, me ha dicho:
(2) “Mi buena hija, la Creación fue hecha por nuestro Ente Supremo para dar amor, y para
recibir la correspondencia del amor de las criaturas. No hay cosa creada por Nosotros en la que
no haya sido esta nuestra finalidad, hacerla para recibir en ella la correspondencia, de otra
manera nuestras obras no habrían sido obras comunicativas, fructíferas, alimentadoras y llenas
de vida para hacer feliz al hombre, habrían sido como obras pintadas, que a lo más cautivan la
vista, pero que no harían bien a nadie. En cambio con querer la correspondencia, Nosotros
poníamos en marcha la comunicación de la luz para darles la vida de la luz, el aire para darles
la vida de la respiración, el agua, el alimento, el fuego para darles la vida y el bien que ellos
poseen, y así de todo lo demás, ¡cuántos actos de vida poníamos en torno a la criatura para
hacer crecer, alimentar y sostener su vida! Ahora, querer su correspondencia era una necesidad
de nuestro amor, las obras sin correspondencia son obras sin cortejo, que no son apreciadas, y
aunque se sirvan de ellas quedan obras aisladas, como si no fuesen agradecidas; la
correspondencia no toma la obra sólo para servirse de ella, sino que entra dentro de ella para
reconocer a Aquél que por amor suyo la ha creado; la correspondencia da vida a la gratitud, al
agradecimiento, se puede decir que la correspondencia mantiene la conversación, la amistad,
la correspondencia entre el donador y entre quien recibe el don, de otra forma todo queda
despedazado.
(3) Ahora escucha hija mía otro arrebato de nuestro intenso amor hacia el hombre. Para tener
esta correspondencia, al crearlo poníamos en él nuestra Voluntad obrante unida con la suya, a
fin de que así como nuestra Voluntad en la obra de la Creación hizo tantas obras por amor suyo,
así en su alma, poseyendo nuestra Voluntad Divina, en virtud de Ella pudiese tener igual fuerza
y poder para darnos la correspondencia por Nosotros querida. Nuestro Fiat obrante en la
Creación y obrante en la criatura, debía poner en juego al humano querer para servirse de todos
sus actos, pequeños y grandes para formar la justa correspondencia de todas sus obras que
había hecho en la Creación, mucho más que sabía el número, la variedad, la belleza, el peso
de todas sus obras; en la criatura obrante no debía hacer menos que obrar con la misma
multiplicidad, suntuosidad y belleza de lo que había obrado en el universo, y así corresponderse
Él mismo de sus obras externas, y sus obras internas hechas en el fondo del alma. La Voluntad
Divina debía servirse de la voluntad humana como materia en sus manos, para continuar su
Creación. He aquí por qué el hombre con rechazar nuestra Voluntad hizo cesar su Vida obrante
en sus actos, de los cuales podía servirse para continuar su creación en ellos, y transformarlos
en cielos, en estrellas, en soles, en mares, etc., obstaculizó nuestra obra, la detuvo, arruinó
nuestras dulces armonías, las queridas correspondencias que sólo en virtud de nuestro Querer
podían existir; todo podíamos hacer en él si nuestra Voluntad tuviera su Vida obrante en él. He
aquí por qué nuestra urgencia, nuestros suspiros, las insistencias, nuestros dolores, para que la
tierra humana pudiese volverse nuestro campo de acción, en el cual nuestro Querer tuviese
plena libertad de hacer lo que quiere. Y no creas que sólo el Ente Supremo quiere la
correspondencia en sus obras, también la criatura, la primera finalidad en sus obras es la
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