(2) “Hija, estaba esperándote para poderme reposar un poco en ti, porque no puedo más. ¡Ah,
dame un alivio!”
(3) Inmediatamente lo he tomado entre mis brazos para contentarlo, y vi que tenía una llaga
profunda en el hombro, que daba compasión y horror mirarla. Entonces por pocos minutos se
ha reposado; después de ese breve reposo vi y la llaga había casi sanado, y entre la maravilla
y el asombro, y viéndolo más aliviado, he tomado valor y le he dicho: “Señor bendito, mi pobre
corazón está desgarrado por el temor de que ya no me ames, temo que haya incurrido en tu
indignación y por eso ya no vienes como antes y no derramas más en mí tus amarguras, y no
me das más mi bien, cual es el sufrir, y negándome esto vienes a negarme a Ti mismo. ¡Ah, da
la paz a un pobre corazón! Dime, asegúrame, júrame, ¿me amas? ¿Continúas amándome?”
(4) Y Él: “Sí, sí, sí, te amo”.
(5) Y yo: “¿Cómo puedo estar segura de esto, si cuando a una persona se le ama en verdad
todo lo que quiere se le da? Yo te digo: “no castigues a las gentes”, y Tú las castigas; te digo,
“derrama en mí tus amarguras”, y no las derramas, más bien parece que esta vez avanzas
demasiado en los castigos. Entonces, ¿en dónde puedo apoyarme para saber que me amas?”
(6) Y Él: “Hija mía, tú tomas en cuenta los castigos que mando, pero los que ahorro no los
tomas en cuenta. ¿Cuántos otros castigos habría mandado, cuántas más matanzas y más
sangre habría hecho derramar si no tomara en consideración a aquellos pocos que me aman, y
a los que Yo amo con un amor especial?”
(7) Después de esto, parecía que Jesús tomaba el camino para ir a donde sucedían destrozos
de carne humana, y yo, queriendo seguirlo, no me fue dado hacerlo, y con suma amargura mía
me he encontrado en mí misma.
+ + + +
3-98
Julio 18, 1900
Los pecados de las gentes caen sobre ellas mismas, formando su ruina.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, vi a mi adorable Jesús todo afligido dentro de mi
corazón, y al mismo tiempo he visto mucha gente que cometían muchos pecados, estos pecados
tomaban el vuelo hacia mí para venir a herir a mi amado Señor hasta dentro de mi corazón, pero
Jesús los rechazaba de Sí, y caían sobre las mismas gentes, y cayendo sobre ellas formaban
su misma ruina, cambiándose en tantas especies de flagelos sobre los pueblos, que daba horror
aun a los corazones más duros. Entonces Jesús, afligiéndose todo me ha dicho:
(2) “Hija mía, hasta donde llega la ceguera de los hombres, pues mientras tratan de herirme
a Mí, se hieren ellos mismos con sus propias manos”.
+ + + +
3-99
Julio 19, 1900
Luisa se ofrece a sufrir para evitar el sufrimiento a las gentes.
(1) Esta mañana, después de haber estado toda la noche y gran parte de la mañana
esperando a mi adorable Jesús, Él no se dignaba venir. Entonces, cansada de esperarlo me
esforzaba por salir de mi habitual estado, pensando que no era más Voluntad de Dios. Mientras
me esforzaba por salir, estando casi impaciente, mi benigno Jesús se ha movido dentro de mi
corazón, haciéndose ver apenas y mirándome en silencio. Impaciente como estaba le he dicho:
“Mi buen Jesús, ¡cómo eres cruel! ¿Se puede dar crueldad más grande que ésta, de abandonar