actos de la Soberana del Cielo están entrelazados con mis actos, por eso son inseparables, y
quien vive en nuestro Querer Divino viene a obrar en medio a nuestro entretejido, y ahí quedan
encerrados en medio a nuestros actos, los cuales los tienen en custodia como triunfo y obras
del Fiat Santo, nada entra en nuestros actos si no son parto de Él. Ve entonces dónde viene
formada la santidad de quien vive en nuestra Voluntad, en medio a nuestra santidad, ama en
medio de nuestro amor, y obra en medio a nuestras obras; así que quien obra en nuestro Querer
sentirá como en naturaleza la inseparabilidad, ella de nuestros actos y Nosotros de los suyos,
así como es inseparable la luz del calor, y el calor de la luz, y por eso son nuestro triunfo
continuo, nuestra gloria, nuestra victoria sobre la voluntad humana, son nuestras propiedades
divinas, que Nosotros formamos en ella, y ella forma en Nosotros. El querer humano y el Querer
Divino se besan continuamente, se funden juntos, y Dios desarrolla su Vida en la criatura y ella
desarrolla su vida en Dios. Además de esto, quien vive en mi Voluntad, no hay cosa que
pertenezca a mi Fiat en que la criatura no adquiera sus derechos: Derecho sobre nuestro Ser
Divino, derecho sobre su Mamá Celestial, sobre de los ángeles, de los santos, derecho sobre
del cielo, del sol, de la Creación toda. Y Dios, la Virgen y todos, adquieren el derecho sobre de
ella. Sucede como cuando dos jóvenes esposos se unen con vínculo indisoluble, en que ambas
partes adquieren el derecho sobre sus mismas personas, y sobre todo lo que a ambos
pertenece, derecho que ninguno les puede quitar. Así para quien vive en nuestro Querer, forma
el nuevo, verdadero, real matrimonio con el Ser Supremo, y con esto viene formada una unión
con todo lo que a Él pertenece. ¡Oh! cómo es bello ver a esta criatura desposada con todos, la
amada, la preferida, la amada de todos, y con derecho todos la quieren, suspiran el gozarla y
tenerla junto con ellos, y ella ama a todos, da el derecho a todos sobre de ella, y se da a todos;
es la nueva y gran parentela que ha adquirido de su Creador. ¡Oh! si se pudiese ver desde la
tierra, verían que Dios la lleva entre sus brazos, la Soberana Reina la alimenta con el alimento
exquisito del Querer Divino, ángeles y santos la cortejan, el cielo se extiende para cubrirla y
protegerla, y ay de quien la toque; el sol la fija con su luz y la besa con su calor, el viento la
acaricia, no hay cosa creada por Nosotros que no se preste a hacer su oficio en torno a ella. Mi
Voluntad mueve todo alrededor de ella, a fin de que todos y todo la sirvan y la amen. Por eso
quien vive en Ella da qué hacer a todos, y todos sienten la felicidad de poder extender su campo
de acción dentro y fuera de la afortunada criatura. ¡Oh! si todas las criaturas comprendieran qué
significa vivir en mi Divina Voluntad, ¡oh! cómo todos ambicionarían y harían competencia de
hacer en Ella su celestial morada”.
(3) Entonces me sentía más que nunca toda abandonada en la inmensidad de la luz del
Querer Divino, y veía y sentía dentro a mi dulce Jesús, todo atento a la pequeñez de mi pobre
alma, tenía cuidado de todo, me quería dar todo, hacer todo, de manera que se veía que con el
toque de sus dedos me formaba el latido, animaba el respiro, el movimiento, tenía en orden los
pensamientos, las palabras y todo, pero con tanto amor y ternura que raptaba, y Jesús bendito
al verme maravillada me ha dicho:
(4) “Mi pequeña hija, no te asombres de mis tantas atenciones y ternuras amorosas que hago
dentro y fuera de ti. Tú debes saber que en el alma donde reina mi Divina Voluntad, Yo me sirvo
a Mí mismo, así que por decoro de mi Divinidad y santidad presto estos actos míos, como si
fuera a mi misma Vida, por eso pongo la intensidad de mi amor, el orden de mis pensamientos,
la santidad de mis obras, y al ver la docilidad de la criatura que se presta como hija a recibir los
oficios de su padre, sus ternuras amorosas, la Vida del padre en su hija, ¡oh! cómo me siento
feliz y honrado de servirla, mucho más que me sirvo a Mí mismo en mi hija, y quien se sirve a sí
mismo no es esclavitud, sino honor, gloria, es saberse custodiar en la dignidad, en la santidad,
en el orden de su estado, sin descender en lo bajo. La servidumbre comienza cuando se sirve
a otras personas, pero servirse a sí mismo es mantener la alteza de su estado. Por otra parte,
donde reina mi Divina Voluntad es mi interés que todo lo que hace la criatura sean actos dignos