estrecha de mi corazón a vivir en Mí, a mi modo y de mi misma vida, porque si bien mi corazón
es grandísimo, tanto que no hay termino a sus confines, pero la puerta es estrechísima y sólo
puede entrar quien está despojado de todo; y esto con razón, porque siendo Yo santísimo, no
admitiría jamás a vivir en Mí alguien que fuese extraño a mi Santidad. Por eso hija mía, busca
vivir en Mí y poseerás el paraíso anticipado”.
(3) ¿Quién puede decir cuánto comprendía sobre este vivir en Dios? Pero después ha
desaparecido y he quedado en mi mismo estado.
+ + + +
3-94
Julio 11, 1900
Los sufrimientos de Luisa hacen menos rigurosos los castigos.
(1) Esta mañana, habiendo recibido la comunión y continuando el mismo estado de confusión,
estaba toda recogida en mí misma, cuando vi a mi adorable Jesús que venía deprisa hacia mí
diciéndome:
(2) “¡Hija mía, mitiga un poco mi furor, de otra manera... !”.
(3) Y yo, toda asustada he dicho: “¿Qué quieres que haga para calmar tu furor?”
(4) Y Él: “Con llamar en ti mis sufrimientos vendrás a aplacar mi furor”.
(5) Mientras estaba en esto veía como si llamara al confesor, mandando un rayo de luz, y él
enseguida ha puesto la intención de hacerme sufrir la crucifixión. El Señor bendito prontamente
ha concurrido y yo me he encontrado en tantos sufrimientos, que por la fuerza de los dolores me
sentí salir el alma del cuerpo; cuando creí que estaba a punto de expirar, y yo contenta de que
Jesús recibiera mi alma, vi al confesor que con decir “basta, basta”, me llamaba nuevamente en
mí misma.
(6) Entonces Jesús me ha dicho: “La obediencia te llama”.
(7) Y yo: “¡Ah Señor, me quiero venir!”
(8) Y Jesús: “¿Qué quieres de Mí? La obediencia continúa llamándote”.
(9) Y así parece que esta nueva obediencia no dejó ir más allá los sufrimientos, pero
obediencia ciertamente cruel para mí, porque mientras me parecía llegar al puerto, he sido
arrojada fuera a navegar el camino. Después, si bien quedé sufriente, pero ya no me sentía
morir, y mi benigno Señor ha continuado diciéndome:
(10) “Hija mía, si tú hoy no hubieras calmado mi furor, habría llegado al colmo, que no sólo
habría destruido las plantas, sino también a los hombres, y si el mismo confesor no se hubiese
interpuesto con llamar nuevamente en ti mis sufrimientos, no habría ni siquiera tenido
consideración de él. Es verdad que son necesarios los castigos, pero es necesario que de vez
en cuando, cuando mi furor avance, tú me lo calmes, de lo contrario hija mía, ¡cuántos flagelos
de más mandaré!”
(11) Y mientras esto decía, me parecía verlo todo cansado, que lamentándose, ahora decía:
“¡Hija mía!”, y ahora: “¡Hijos míos! ¡Pobres hijos míos, cómo os veo reducidos!” Y con mi sorpresa
me ha hecho entender que después de haberse calmado un poco debía volver a tomar el furor
para continuar los castigos, y que esto había servido sólo para hacer que no castigara
demasiado a las gentes. ¡Ah Señor, aplácate y ten piedad de aquellos que Tú mismo llamas
“hijos míos”!
+ + + +