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Mayo 15, 1932
Cómo los conocimientos sobre la Divina Voluntad formarán el ojo y la
capacidad para mirar y recibir el don del Fiat Divino, y acostumbrarán
a las criaturas a vivir como hijas. Desorden de la voluntad humana.
(1) Estoy siempre de regreso en el Fiat Supremo, y sintiendo en mí el dulce encanto de su
luz, de su paz, de su felicidad, ¡oh! cómo quisiera que el mundo entero conociera tanto bien, a
fin de que todos rogaran que viniera su reino sobre la tierra. Pero mientras esto decía, pensaba
para mí: “Si el vivir en el Querer Divino es un don que debe dar a las generaciones humanas,
Jesús ama tanto, quiere, suspira que se conozca esta Voluntad Divina para hacerla reinar, ¿por
qué no se apresura a dar este don?” Y mi Sumo Bien Jesús visitando mi pequeña alma, todo
bondad me ha dicho:
(2) “Hija mía, tú debes saber que si bien ardo por el deseo de ver reinar mi Divina Voluntad,
sin embargo no puedo dar este don, si antes con las verdades que he manifestado,
conociéndolas las criaturas, tendrán el gran bien de formar la vista para ser capaces de
comprenderlo, y por lo tanto disponerse para recibir un don tan grande. Se puede decir que
ahora les falta el ojo para ver y la capacidad para comprenderlo, y por eso primero he
manifestado tantas verdades sobre mi Divina Voluntad, y conforme las criaturas conozcan estas
mis verdades, así ellas formarán la órbita dónde poner la pupila dentro, y animarla con la luz
suficiente para poder mirar y comprender el don que más que sol les será donado y confiado.
Si Yo quisiera darlo hoy, haría como si quisiera dar un sol a un ciego: Pobrecito, con todo y el
sol donado sería siempre ciego, no cambiaría su suerte, ni recibiría ningún bien, más bien tendría
un dolor, tener un sol por don y ni siquiera verlo, ni recibir de él sus benéficos efectos. En cambio
uno que no fuera ciego, cuántos bienes no recibiría al tener un sol por don a su disposición, su
fiesta sería continua, y se pondría en condiciones de dar luz a los demás, y sería rodeado y
amado por todos para obtener el bien de la luz que él posee. Entonces, dar hoy el gran don de
mi Divina Voluntad, que más que sol cambiará la suerte de las generaciones humanas, sería
darlo a los ciegos, y darlo a los ciegos sería darles dones inútiles, y Yo cosas inútiles no sé dar.
Por eso espero con paciencia divina y delirante que mis verdades hagan el camino, preparen
las almas, entren en ellas y formen el ojo animado por luz suficiente, que puedan no sólo mirar
el don de mi Fiat, sino que tengan capacidad para encerrarlo en ellas, a fin de que ahí forme su
reino y extienda su dominio. Por eso, paciencia y tiempo hacen hacer las cosas como conviene
y como amerita nuestra soberanía en el obrar. Nosotros hacemos, nuestro Ser Supremo, como
haría un padre que quiere dar un gran don a su pequeño hijo, el padre llama al pequeño y le
hace ver el don y le dice: ‘Este regalo está preparado para ti, será tuyo.’ Pero no se lo da, el
hijo queda sorprendido, raptado al ver el don que su padre le quiere dar, y estando junto al padre
le ruega que le dé el don, y no sabe separarse, ruega y vuelve a rogar porque quiere el regalo.
En tanto, el padre viéndolo junto a él, aprovecha para instruir al hijo para hacerle comprender la
naturaleza del don, el bien, la felicidad que recibirá por este don. El hijo ante las manifestaciones
del padre, se vuelve maduro y capaz no sólo de recibir el don, sino de comprender qué cosa
encierra de bien, de grande, el don que debe recibir. Por eso se estrecha más junto al padre,
ruega y vuelve a rogar, suspira el don, llega a llorar y no sabe estar más sin el don, se puede
decir que ha formado en sí, con sus ruegos y suspiros, con el adquirir los conocimientos del don
que su padre le ha dado, la vida, el espacio donde como en sagrado depósito recibir el don.
Esta tardanza del padre para dar el don a su hijo ha sido amor más grande, él ardía, suspiraba
por dar el don a su hijo, pero lo quería capaz y que comprendiera el don que recibía, y en cuanto
lo ve maduro para recibir un bien tan grande, rápidamente se lo da. Así hacemos Nosotros, más
que padre suspiramos por dar el gran don de nuestra Voluntad a nuestros hijos, pero queremos