interrumpimos el darlo, no, sino que lo tenemos guardado para dar a los hijos el mismo don que
nos rechazó el padre. El don viene dado en el exceso de nuestro amor, el cual es tanto, que no
sabe hacer, ni pone atención a las cuentas, mientras que el salario que se da si la criatura hace
las obras buenas, se sacrifica, se da con justa medida y según merece, no así en el don. Por
eso, quien pueda dudar significa que no entiende de nuestro Ser Divino, ni de nuestra
generosidad, ni hasta dónde puede llegar nuestro amor, pero queremos la correspondencia de
la criatura, la gratitud y su pequeño amor”.
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30-29
Mayo 8, 1932
La criatura con hacer su voluntad impide el curso a los dones
de Dios, y si pudiera lo pondría en la inmovilidad. Dios en
todas sus obras da el primer puesto a la criatura.
(1) Continuaba pensando acerca de la Divina Voluntad, y en los graves males del humano
querer, y cómo éste, sin la Vida del Fiat está sin guía, sin luz, sin fuerza, sin alimento, ignorante
porque no tiene al maestro que le enseña la ciencia divina. Así que sin Ella la criatura nada
conoce de su Creador, se puede decir que es analfabeta, y si conoce alguna cosa, son apenas
las sombras o cualquier vocal, pero no con claridad, porque sin la Divina Voluntad no hay luz,
sino siempre noche. He aquí la causa que de Dios se conoce tan poco, el lenguaje celestial, las
verdades divinas, no son entendidas porque no reina como vida, ni como acto primero la Divina
Voluntad. Me parecía ver la voluntad humana frente a mi mente, como muriendo de hambre,
andrajosa, idiota, toda manchada, vacilante y envuelta en densas tinieblas, y como no está
habituada a vivir de luz y a mirarla, cada pequeña luz de verdad le eclipsa la vista, la confunde
y se ciega de más. ¡Oh! cómo hay que llorar sobre la gran desventura de la voluntad humana,
sin la Divina parece que le falta la vida del bien y los alimentos necesarios para vivir. Pero
mientras esto pensaba, mi Celestial Maestro Jesús, haciéndome su breve visita me ha dicho:
(2) “Hija mía bendita, es tan grave el hacer la propia voluntad, que sería un mal menor si la
criatura impidiera el curso del sol, del cielo, del viento, del aire, del agua, y a pesar de que
impidiendo este curso sucedería tal desorden y terror que el hombre no podría vivir más, no
obstante este gran mal sería nada frente al grave mal de hacer la propia voluntad, porque con
esto impide el curso no a las cosas creadas, sino a su mismo Creador. Adán con sustraerse de
nuestra Voluntad detuvo el curso de los dones que debía dar a su amada criatura, si hubiera
podido, habría forzado a Dios a la inmovilidad. Nuestro Ente Supremo al crear a la criatura
quería estar en correspondencia continua con ella, quería dar ahora un don y ahora otro, quería
darle tantas bellas sorpresas, jamás interrumpidas. En cuanto hace su voluntad, sin hablar dice
a su Creador: ‘Retírate, no tengo dónde poner tus dones, si Tú me hablas no te entiendo, tus
sorpresas no son para mí, yo me basto a mí misma’. Y con razón dice esto, porque sin mi
Voluntad, que es su vida primaria, ha perdido la vida y la capacidad dónde poner mis dones, de
comprender nuestro lenguaje celestial, y se hace extraña a nuestras más bellas sorpresas. La
criatura, con no hacer nuestra Voluntad pierde la Vida Divina, el acto más bello, más interesante,
más necesario de su creación y del como fue creado por Dios. He aquí por qué en cuanto el
hombre se sustrajo de nuestro Fiat, se desordenó, de modo que a cada paso vacilaba porque
se separó, rechazó el acto vital de su vida, y del acto estable y permanente que debía vivir con
él como una sola vida, cual es nuestra Divina Voluntad. De modo que nos sentimos
inmovilizados por el hombre, porque queremos dar y no podemos, queremos decir y no nos
entiende, y como si de lejos hiciéramos oír nuestros dolorosos lamentos con decirle: ‘¡Oh!