no daría más el aspecto de un pobre mendigo, sino de un señor que posee palacios, villas, viste
con decencia, tiene alimentos abundantes, y está en condiciones de poder ayudar a los demás.
¿Qué ha cambiado la suerte de este pobre? El millón recibido en don. Ahora, si una vil moneda
tiene virtud de cambiar la suerte de un pobre infeliz, mucho más el gran don de nuestra Voluntad,
dada como don cambiará la suerte infeliz de las generaciones humanas, menos de quien
voluntariamente quiera quedarse en su infelicidad. Mucho más que este don fue dado al hombre
en el principio de su creación, e ingrato nos lo rechazó con hacer su voluntad, sustrayéndose de
la nuestra. Ahora, quien se dispone a hacer nuestro Querer prepara el puesto, el decoro, la
nobleza donde poder poner este don tan grande e infinito, nuestros conocimientos sobre el Fiat
ayudarán y prepararán en modo sorprendente a recibir este don, y lo que no han obtenido hasta
hoy, lo podrán obtener mañana. Por eso estoy haciendo como haría un rey que quisiera elevar
una familia, con vínculo de parentesco, a su familia real; para hacer esto se toma primero un
miembro de ella, lo tiene en su morada real, lo hace crecer, se nutren juntos, lo adiestra en sus
modos nobles, le confía sus secretos, y para hacerlo digno de sí, lo hace vivir de su voluntad, y
para estar más seguro y para no hacerlo descender a la bajeza de su familia, le hace don de su
querer, a fin de que lo tenga en su poder. Esto que el rey no puede hacer, Yo lo puedo hacer
bilocando mi Voluntad parar hacer de Ella don a la criatura. Por eso el rey tiene los ojos fijos
sobre ella, la va siempre embelleciendo, la viste con vestidos preciosos y bellos de modo que
se siente enamorado, y no pudiendo seguir así, la vincula con vínculo duradero de casamiento,
de manera que el uno se vuelve don del otro. Con esto, ambas partes tienen el derecho de
reinar y aquella familia adquiere el vínculo de parentesco con el rey, y el rey, por amor de aquélla
que se ha donado a él, y que él se ha dado a ella, llama a aquella familia a vivir en su morada
real, dándole el mismo don que ha dado a aquélla que ama tanto. Así hemos hecho Nosotros,
primero hemos llamado a una de la familia humana a vivir en la morada real de nuestro Querer;
poco a poco le hacíamos don de sus conocimientos, de sus secretos más íntimos, y al hacer
esto sentíamos contentos y alegrías indecibles, y sentíamos cómo es dulce y querido hacer vivir
a la criatura en nuestro Querer, y nuestro amor nos empujó, más bien nos violentó a hacerle don
de nuestro Fiat Omnipotente, mucho más que nos había hecho don del suyo, ya estaba en
nuestro poder, y nuestra Voluntad Divina podía estar segura y en su puesto de honor en la
criatura. Ahora, después que hemos hecho don de nuestro Fiat a un miembro de esta familia
humana, ella adquiere el vínculo y el derecho de este don, porque Nosotros no hacemos jamás
obras y dones para una sola, sino que cuando hacemos obras y dones los hacemos siempre en
modo universal, por lo tanto este don estará listo para todos, con tal que lo quieran y se
dispongan. Por eso el vivir en mi Voluntad no es propiedad de la criatura, ni está en su poder,
sino que es don, y Yo lo doy cuando quiero, a quien quiero, y en los tiempos que quiero. Él es
don de Cielo dado por nuestra gran magnanimidad y por nuestro amor inextinguible. Ahora, con
este don, la familia humana se sentirá de tal manera vinculada con su Creador, que no se sentirá
más lejana de Él, sino de tal manera cercana como si fuera de su misma familia y conviviera en
su misma morada real. Con este don se sentirá de tal manera rica, que nunca más sentirá las
miserias, las debilidades, las pasiones turbulentas, sino que todo será fuerza, paz, abundancia
de gracia, y reconociendo el don, dirá: ‘En la casa de mi Padre Celestial nada me falta, tengo
todo a mi disposición, siempre en virtud del don que he recibido’. Los dones los damos siempre
por efecto de nuestro gran amor y por nuestra suma magnanimidad; si esto no fuera, o
quisiéramos poner atención en si la criatura lo merece o no, si ha hecho sacrificios, entonces no
sería más un don, sino un pago, y nuestro don se volvería como derecho y esclavo de la criatura.
Mientras que Nosotros y nuestros dones no somos esclavos de ninguno. En efecto, el hombre
no existía todavía, y antes de que él fuera ya habíamos creado el cielo, el sol, el viento, el mar,
la tierra florida y todo lo demás para hacer de ello don al hombre. ¿Qué cosa había hecho para
merecer dones tan grandes y perennes? Nada, y en el acto de crearlo le dimos el gran don que
superó todos los otros, nuestro Fiat Omnipotente, y si bien lo rechazó, Nosotros sin embargo no
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