penas de las criaturas, no vería tan destrozados a mis mismos miembros!” ¿No es verdad mi
pacientísimo Jesús? ¡Ah, consuélate un poco y déjame sufrir en lugar tuyo!”
(3) Mientras esto decía, Él se lamentaba continuamente, casi en acto de querer ser
compadecido y aliviado, pero quería que le arrancara casi por fuerza este mismo alivio, por lo
que tras mis ruegos ha extendido en mi interior sus manos y pies clavados y me ha participado
un poco sus penas. Después de esto, dando un poco de tregua a sus lamentos me ha dicho:
(4) “Hija mía, son los tristes tiempos que a esto me obligan, porque los hombres se han
fortalecido y ensoberbecido tanto, que cada uno cree ser dios para sí mismo, y si Yo no pongo
mano a los flagelos haría un daño a sus almas, porque sólo la cruz es el alimento de la humildad.
Entonces, si no hiciera esto, Yo mismo les haría faltar el medio para humillarlos y rendirlos de
su extraña locura, si bien la mayor parte me ofenden más, pero Yo hago como un padre que
reparte a todos el pan para alimentarlos; que algunos hijos no lo quieran tomar, más bien que
se sirvan de él para arrojarlo en la cara al padre, ¿qué culpa tiene de ello el pobre padre? Así
soy Yo. Por eso compadéceme en mis aflicciones”.
(5) Dicho esto ha desaparecido dejándome medio despierta y medio adormecida, no sabiendo
yo misma ni si debo despertarme perfectamente, ni si debo dormirme otra vez.
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3-87
Junio 27, 1900
El alma debe reconocerse en Jesús, no en sí misma.
(1) Continúo estando adormecida. Esta mañana por pocos minutos me he encontrado
despierta y comprendía mi estado miserable, sentía la amargura de la privación de mi sumo y
único Bien; apenas pude derramar dos lágrimas diciéndole: “Mi siempre buen Jesús, ¿cómo es
que no vienes? Estas son cosas que no se hacen, herir a un alma de Ti y después dejarla. Y
además, para no hacerle conocer lo que haces la dejas en poder del sueño. ¡Ah, ven, no me
hagas esperar tanto!” Mientras esto y otros desatinos más decía, en un instante ha venido y me
ha transportado fuera de mí misma; y como yo quería decirle mi pobre estado, Jesús
imponiéndome silencio me ha dicho:
(2) “Hija mía, lo que quiero de ti es que no te reconozcas más en ti misma, sino que te
reconozcas solamente en Mí; así que de ti no te recordarás más, ni tendrás más reconocimiento
de ti, sino te recordarás de Mí, y desconociéndote a ti misma adquirirás sólo mi reconocimiento,
y a medida que te olvides y te destruyas a ti misma, así avanzarás en mi conocimiento y te
reconocerás solamente en Mí, cuando hayas hecho esto, no más pensarás con tu mente sino
con la mía, no mirarás con tus ojos, no más hablarás con tu boca, ni palpitarás con tu corazón,
ni obrarás con tus manos, ni caminarás con tus pies, sino todo con lo mío, porque para
reconocerse solamente en Dios, el alma tiene necesidad de ir a su origen y regresar a su
principio, Dios, esto es, de donde salió, y que se uniforme toda sí misma a su Creador; y que
todo lo que retiene de sí misma y que no es conforme a su principio, lo debe deshacer y reducirse
a la nada. Sólo en este modo, desnuda, deshecha, puede regresar a su origen y reconocerse
sólo en Dios, y obrar según el fin para el cual ha sido creada. He aquí entonces que para
uniformarse toda en Mí, el alma debe volverse indivisible Conmigo”.
(3) Mientras esto decía yo veía el castigo terrible de las plantas secas y como debe avanzar
más. Apenas he podido decir: “¡Ah! Señor, ¿cómo harán las pobres gentes?” Y Él, para no
prestarme atención, como un relámpago ha huido y desapareció. ¿Quién puede decir la
amargura de mi alma al encontrarme en mí misma, por no haberle podido decir ni siquiera una
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