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Diciembre 8, 1931
La Reina del Cielo retira los actos buenos de las criaturas
en sus mares de gracia. La inmutabilidad de Dios
y la mutabilidad de la criatura.
(1) Continúo mi abandono en el Fiat Divino, sus dulces cadenas me estrechan tanto, pero no
para quitarme la libertad, no, no, sino para volverme más libre en los campos divinos y para
tenerme defendida de todos y de todo, así que yo me siento más segura encadenada por la
Divina Voluntad. Y mientras hacía mis actos en Ella, sentía la necesidad de mi Mamá Celestial,
que me ayudara y que sostuviera mis pequeños actos, a fin de que pudieran encontrar la
complacencia y la sonrisa divina. Y el Celestial Consolador que nada sabe negarme cuando se
trata de agradarle, visitando mi pobre alma me ha dicho:
(2) “Hija mía, nuestra Mamá Celestial tiene el primado sobre todos los actos buenos de las
criaturas. Ella, como Reina, tiene el mandato y el derecho de retirar todos los actos de ellas en
sus actos; es tanto su amor de Reina y de Madre, que en cuanto la criatura se dispone a formar
su acto de amor, así desde la altura de su trono hace descender un rayo de su amor, inviste y
circunda el acto de amor de ellas para poner en él el suyo como primer amor, y en cuanto es
formado, lo pone nuevamente en su mismo rayo de amor en la fuente de su amor y dice a su
Creador: ‘Majestad adorable, en mi amor que siempre surge para Ti, está el amor de mis hijos
fundido en el mío, que Yo, con derecho de Reina, he retirado en mi mar de amor, para que
puedas encontrar en mi amor el amor de todas las criaturas’. Si las criaturas adoran, si ruegan,
si reparan, si sufren, descienden de la altura de su trono, el rayo de la adoración, el rayo de su
oración, el rayo de su reparación, emite el rayo vivificante de dentro del mar de sus dolores, e
inviste y circunda la adoración, la oración, la reparación, los sufrimientos de las criaturas, y
cuando han hecho y formado el acto, el mismo rayo de luz los eleva hasta su trono y se funden
en la fuente de los mares de la adoración, de la oración, de la reparación, de los dolores de la
Mamá Celestial, y repite: ‘Majestad Santísima, mi adoración se extiende en todas las
adoraciones de las criaturas, mi plegaria ruega en la plegaria de ellas, repara con sus
reparaciones, y como Madre, mis dolores invisten y circundan sus penas, no me sentiré Reina
si no corro y pongo mi acto primero sobre todos los actos de ellas, ni gustaré las dulzuras de
Madre si no corro para circundar, ayudar, suplir, embellecer, fortificar todos los actos de las
criaturas, y así poder decir: Los actos de mis hijos son uno con los míos, los tengo en mi poder
junto a Dios para defenderlos, ayudarlos y como prenda segura que me alcanzarán en el Cielo”.
(3) Por eso hija mía, tú jamás estás sola en tus actos, tienes a la Mamá Celestial junto contigo,
que no sólo te circunda, sino que con la luz de sus virtudes alimenta tu acto para darle la vida,
porque tú debes saber que la Soberana Reina, desde su Inmaculada Concepción, fue la primera
y única criatura que formó el anillo de conjunción entre el Creador y la criatura, roto por Adán.
Ella aceptó el divino mandato de vincular a Dios y a los hombres, y los vinculaba con sus
primeros actos de fidelidad, de sacrificio, de heroísmo de hacer morir su voluntad en cada acto
suyo, no una vez, sino siempre, para hacer revivir la de Dios. De esto brotaba una fuente de
amor divino que cimentaba a Dios y al hombre y todos los actos de ellos, así que sus actos, su
amor materno, su dominio de Reina, son cemento que corre, que consolida los actos de las
criaturas para volverlos inseparables de los suyos, a menos que algún ingrato rechace recibir el
cemento del amor de su Mamá. Por lo tanto, tú debes estar convencida que junto a tu paciencia
está la paciencia de la Mamá Reina, que circunda, sostiene y alimenta la tuya en torno a tus
penas; te circundan sus dolores que sostienen y alimentan como aceite balsámico la dureza de
tus penas, en resumen, en todo. Ella es la Reina hacendosa que no sabe estar ociosa en su
trono de gloria, sino que desciende, corre como Madre en los actos y necesidades de sus hijos,
1814 sig