Dios, el Cual se siente, por su misma potencia, atraído a obrar en el acto de la criatura, y por
eso estos actos tienen virtud de arrojarse con tal ímpetu e imperio en el mismo mar de la Divina
Voluntad, para moverla y ponerla en actitud de duplicar su gloria, y hacerla obrar nueva bondad,
nueva misericordia, nuevo amor y luz hacia todas las criaturas, así que con sus actos, no hace
otra cosa que girar el motor divino para hacerlo obrar. Es verdad que por Nosotros mismos
somos movimiento continuo que produce obras incesantes, pero también es verdad que con
hacer ella sus actos en nuestro Querer, entra en este movimiento, pone en él de lo suyo, y
nuestro movimiento se siente poner a girar y mover por la criatura para producir nuestras obras,
y sentimos su acto inmediato con todas nuestras obras. Por eso sentirla junto con Nosotros,
con nuestros actos, es la gloria y la felicidad más grande que podemos recibir. ¿Te parece poco
que le demos a ella la virtud de mover todo nuestro Ser Divino? Y así como gozamos por que
está en su puesto, así le hacemos hacer lo que quiere, porque estamos seguros que no hará
sino lo que queremos Nosotros. Todo al contrario para quien vive de voluntad humana, sus
actos no tienen poder divino, están sin impulso, quedan en lo bajo y muchas veces amargan a
su Creador”.
(4) Después de esto decía entre mí: “¡Oh! cómo quisiera dar a mi Jesús, para atestiguarle mi
amor, tantas vidas por cuantos actos yo hago”. Y mi Jesús ha agregado:
(5) “Hija mía, tú debes saber que en cada cosa que hace la criatura, damos el acto de vida
que sale de Nosotros, si piensa, le damos la vida del pensamiento de nuestra Inteligencia; si
habla, le damos en su voz la vida de nuestra palabra; si obra, corre la vida de nuestras obras en
la suya; si camina, damos la vida de nuestros pasos en los suyos; mira, son dos actos de vida
que deben concurrir en cada uno de los actos de la criatura: Primero el acto de Vida Divina, e
inmediatamente el acto de ella. Ahora, si en todas las cosas que hace, las hace por amor de
Quien le da la vida, se forma un intercambio de vida; vida damos y vida recibimos. Y aunque
hay gran diferencia entre los actos de Vida nuestra y los de la criatura, sin embargo quedamos
glorificados y satisfechos, porque eso nos puede dar, y eso nos da, mucho más que todos los
actos hechos por ella para darnos el intercambio de vida, quedan no fuera de Nosotros, sino
dentro de Nosotros, como testimonios de vida perenne de la criatura; sentimos el intercambio
de su vida a la Vida que le hemos dado. En nuestro Ser Divino, en nuestro Querer y en nuestro
amor, nos lleva el dulce murmullo de la vida de sus pensamientos en nuestra Inteligencia, el
suave murmullo de su palabra en nuestra voz, sus obras murmuran dulcemente en nuestras
obras, y el pisar de sus pasos, conforme caminan, así murmuran amor y testimonios de vida a
mi Creador. Y Nosotros, en nuestro énfasis de amor decimos: ‘¿Quién es quien murmura en
nuestro Ser Divino con la vida de sus actos? Quien está en nuestro Querer y obra por puro
amor nuestro’. Pero cuál no es nuestro dolor cuando damos vida a los actos de la criatura y
nada recibimos, estos actos suyos quedan fuera de Nosotros y como dispersos, porque falta la
corriente de nuestro Querer y de nuestro amor que nos los trae, y estos actos, la mayor parte
llevan el sello de la ofensa a quien les ha dado la vida. ¡Oh! si las criaturas comprendieran con
claridad qué significa hacer su voluntad, morirían de pena al comprender el gran mal en el cual
se precipitan, y el gran bien que pierden con no hacer nuestra Voluntad Divina. Sé atenta hija
mía si no quieres perder los ojos del alma, cual es mi Voluntad, y perdidos éstos, tú misma no
comprenderás tu gran desventura, como no la comprenden tantas otras criaturas que se juegan
la Divina Voluntad para hacer la propia; pero ¿para hacer qué? Para volverse infelices”.
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