palabras. En lo demás no quiero que pienses, porque la humildad más perfecta, más sublime,
es la de perder toda razón y no discurrir acerca del por qué y del cómo, sino deshacerse en la
propia nada, y mientras el alma hace esto, sin advertirlo se encuentra perdida en Dios, y esto
produce en ella la unión más íntima, el amor más perfecto hacia el sumo Bien. Esto con sumo
provecho del alma, porque perdiendo la propia razón adquiere la razón divina, y perdiendo todo
pensamiento sobre sí misma, esto es, si está fría o caliente, si son favorables o adversas las
cosas que le suceden, se interesará y adquirirá un lenguaje todo celestial y divino.
(3) Además de esto, la humildad produce en el alma una vestidura de seguridad, por lo que
envuelta en este vestido de seguridad, el alma se está en la calma más profunda,
embelleciéndose toda para agradar a su querido y amado Jesús”.
(4) ¿Quién puede decir cómo he quedado sorprendida por este hablar de Jesús? No tuve ni
una palabra para responderle. Poco después desapareció y yo me he encontrado en mí misma,
quieta, sí, pero afligida a lo sumo, primero por las aflicciones y las luchas en las cuales se
encontraba mi amado Jesús, y después por el temor de que no viniera. ¿Quién podrá resistir?
¿Cómo haré para soportarme a mí misma por su ausencia? ¡Ah Señor, dame la fuerza para
soportar tan duro martirio, tan insoportable a mi pobre alma! Por lo demás, di lo que quieras,
porque por mí no dejaré ningún medio, intentaré todos los caminos, usaré todas las
estratagemas para atraerte a que vengas.
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3-86
Junio 24, 1900
La cruz es el alimento de la humildad.
(1) Después de haber pasado algunos días de privación, en que a lo más se hacía ver como
sombra, como un relámpago, mis potencias las sentía todas adormecidas, de modo que yo
misma no entendía lo que sucedía en mi interior. En este adormecimiento una sola pena se
despertaba en mi interior, y era que me parecía que me había pasado como a uno que mientras
duerme pierde la vista, o bien es despojado de todas sus riquezas, por lo que el miserable no
puede ni dolerse, ni defenderse, ni usar algún medio para liberarse de sus infortunios. ¡Pobrecito,
en qué estado tan desastroso se encuentra! Pero, ¿cuál es la causa? El sueño, porque si
estuviera despierto ciertamente se sabría defender de sus desventuras. Así es mi mísero estado,
no me es dado ni siquiera dar un gemido, un suspiro, derramar una lágrima, porque he perdido
de vista a Aquel que es todo mi amor, todo mi bien y que forma todo mi contento. Parece que
para que yo no sufra por su privación me ha adormecido y me ha dejado. ¡Ah! Señor,
despiértame Tú, a fin de que pueda ver mis miserias y conocer al menos de qué estoy privada.
(2) Ahora, mientras me encontraba en este estado, desde dentro de mi interior he oído al
bendito Jesús que se lamentaba continuamente. Aquellos lamentos han herido mis oídos y
despertándome un poco he dicho: “Mi solo y único Bien, por tus lamentos advierto el estado tan
sufriente en el cual te encuentras, esto te sucede porque quieres sufrir solo y no quieres hacerme
partícipe de tus penas, es más, para no tenerme en tu compañía me has adormecido y me has
dejado sin hacerme entender más nada. Entiendo el por qué de todo esto, para estar más libre
en castigar, pero ¡ah! ten compasión de mí, pues sin Ti estoy ciega, y ten compasión de Ti,
porque siempre es bueno en todas las circunstancias tener quien te haga compañía, que te
consuele y que de algún modo mitigue tu furor, porque por ahora estás firme en mandar flagelos,
pero cuando veas a tus imágenes perecer por la miseria, te lamentarás más que ahora y tal vez
me dirás: “¡Ah, si tú te hubieras empeñado más en aplacarme, si hubieras tomado sobre ti las
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