todos los actos de las criaturas y el número de los actos de ellas; por eso el empeño de estos
actos, porque establecidos por Dios vienen tomados por mi Divina Voluntad, los ordena y pone
su Vida dentro de ellos, pero, ¿quién da el cumplimiento a estos actos establecidos por el Ser
Supremo? Quien coopera y se hace dominar por la Voluntad Divina, con la cooperación y con
su dominio siente el vínculo y la inseparabilidad de Ella, y siente correr su Vida Divina en sus
actos. Mientras que cuando no coopera pierde el dominio de mi Voluntad Divina, y en vez de
hacer la mía, hace su voluntad, y cada acto de voluntad humana forma un vacío para lo divino
en el alma. Estos vacíos desfiguran a la pobre criatura, y como ha sido hecha para Dios, sólo
Él puede llenar estos vacíos, porque los actos, cuyo número está establecido, debían servir para
llenarla del Ser Divino. ¡Oh! cómo son horribles estos vacíos, se ven en ellos vías torcidas, actos
sin principio divino y sin vida, por eso no hay cosa que arruine más a la criatura que su voluntad.
Ahora, mi Voluntad es acto obrante e incesante dentro y fuera de la criatura, pero, ¿quién recibe
su acto operante? Quien la reconoce en todos sus actos, quien la reconoce, la ama, la estima,
la aprecia; con ser reconocida, mi Voluntad hace tocar con la mano su acto operativo e
incesante, y la criatura siente los brazos de Ella en los suyos, la potencia de su movimiento en
los suyos, su virtud vivificadora en su respiro, la formación de su Vida en el latido de su corazón,
por todas partes, por dentro, por fuera, se siente vivificar, tocar, abrazar, besar por mi Voluntad.
Y Ella, en cuanto ve que la criatura siente sus abrazos amorosos, se la estrecha más a su seno
divino y va formando sus dulces cadenas de inseparabilidad entre Ella y su criatura amada.
Parece que se siente pagada con ser reconocida por su trabajo incesante, y con su potencia
quita el velo que la escondía a la criatura, y le hace conocer quién es quien forma la vida de
todos sus actos. Por eso cuanto más la reconozcas, tanto más sentirás cuánto te ama y tú la
amarás más.
(4) Además de esto, tú debes saber que el alma sin mi Divina Voluntad es como una flor
cortada de la planta; pobre flor, le han quitado la vida, porque no está más unida a la raíz, y
separada de ella no recibe más los humores vitales, que como sangre circulaban y la mantenían
viva, fresca, bella, olorosa; ha perdido la raíz que como madre la amaba, la alimentaba y la tenía
estrechada a su seno, y mientras la raíz se está bajo tierra, como sepultada viva para dar vida
a las flores, hijas suyas, y hacerlas hacer una bella aparición, tanto de llamar la atención humana
con su dulce encanto, pero como es cortada de la planta, como si hubiera perdido a la madre,
parece que se pone en actitud de tristeza, pierde su frescura y termina por marchitarse. Tal es
el alma sin mi Divina Voluntad, se separa de la raíz divina, que más que madre la amaba, la
alimentaba, y mientras vive como sepultada, vive en todos sus actos y en el fondo de su alma
para suministrarle los humores divinos, que como sangre hace circular en todos sus actos para
mantenerla fresca, bella, perfumada por sus virtudes divinas, de formar el más bello y dulce
encanto a la tierra y a todo el Cielo. Por lo tanto en cuanto se separa de mi Divina Voluntad,
pierde a su verdadera Mamá, que con tantos cuidados maternos la custodiaba, la tenia
estrechada a su seno, la defendía de todos y de todo, y termina por desfigurarse y marchitarse
a todo lo que es bien, y llegan a sentir la triste melancolía porque viven sin Aquélla que la ha
generado, sin la vida, las caricias de su Mamá. Así que se pueden llamar pobres huérfanas
abandonadas, sin tutela, y quizá en manos de enemigos y tiranizada por las pasiones del propio
yo. ¡Oh! si la raíz tuviera razón, ¿cuántos gritos desgarradores de dolor no emitiría al verse
arrancar la vida de sus flores, y que la han obligado, como madre estéril, a permanecer sin la
corona de sus hijos? Pero si no llora la planta, llora mi Voluntad al ver a tantos hijos suyos
huérfanos, pero huérfanos voluntarios, que sienten todas las penas de la orfandad, mientras que
su Madre vive y no hace otra cosa que llorar y llamar a la corona de sus hijos en torno a Sí”.
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1808 sig