3-84
Junio 18, 1900
Todo lo creado nos enseña el amor de Dios,
el cuerpo llagado de Jesús, el amor del prójimo.
(1) Jesús sigue sin venir, y yo trataba de ocuparme en considerar el misterio de la flagelación.
Mientras esto hacía he visto al bendito Jesús todo llagado y chorreando sangre y me ha dicho:
(2) “Hija mía, el cielo con todo lo creado te enseña el amor de Dios; mi cuerpo llagado te
enseña el amor del prójimo, tanto, que mi Humanidad unida a mi Divinidad, de dos naturalezas
hice una sola y las volví inseparables, porque no sólo satisfice a la divina justicia, sino realicé la
salvación de los hombres. Y para hacer que todos asumieran esta obligación de amar a Dios y
al prójimo, no sólo hice de esto una sola obligación, sino que llegué a hacer de esta obligación
un precepto divino. Así que mis llagas y mi sangre son tantas lenguas que enseñan a cada cual
el modo de amarse, y la obligación que todos tienen de poner atención a la salvación de los
demás”.
(3) Después, tomando un aspecto más afligido ha agregado:
(4) “Qué despiadado tirano es para mí el amor, porque no sólo empleé todo el curso de mi
vida mortal en continuos sacrificios, hasta morir desangrado sobre una cruz, sino que me dejé
como víctima perenne en el sacramento de la Eucaristía. Y no sólo esto, sino que a todos mis
miembros predilectos los tengo víctimas vivientes en continuos sufrimientos, empeñados en la
salvación de los hombres, como entre tantos te elegí a ti para tenerte sacrificada por amor mío
y por los hombres. ¡Ah sí! Mi corazón no encuentra descanso ni reposo si no encuentra al
hombre, y el hombre, ¿cómo me corresponde? ¡Con ingratitudes enormísimas!”
(5) Dicho esto ha desaparecido.
+ + + +
3-85
Junio 20, 1900
La humildad más perfecta produce en el alma la unión más íntima con Dios.
(1) Esta mañana, estando fuera de mí misma y no encontrando a mi sumo Bien, he debido
girar y girar en busca de Él; cuando me he cansado hasta sentirme desfallecer, lo sentí detrás
de mi espalda, que me sostenía. Entonces estiré el brazo y lo jalé hacia el frente diciéndole:
“Amado mío, sabes que no puedo estar sin Ti, no obstante me haces esperar tanto, hasta
hacerme desfallecer. Dime al menos, ¿cuál es la causa, en qué te he ofendido que me sometes
a desgarros tan crueles, a martirios tan dolorosos como es tu privación?” Y Jesús interrumpiendo
mi hablar me ha dicho:
(2) “Hija mía, hija mía, no agregues más desgarros a mi corazón exacerbado a lo sumo, pues
se encuentra en continua lucha por las violencias que constantemente todos me hacen:
Violencia me hacen las iniquidades de los hombres, que atrayendo sobre ellos la justicia me
fuerzan a castigarlos, y la justicia poniéndose en continua lucha con el amor que tengo hacia los
hombres, me desgarra el corazón en modo tan doloroso, de hacerme morir continuamente;
violencia me haces tú, porque viniendo Yo y conociendo tú los castigos que estoy enviando, no
te estás quieta, no, sino que me fuerzas, me haces violencia y no quieres que castigue, y
sabiendo Yo que tú no puedes hacer de otra manera ante mi presencia, para no exponer mi
corazón a una lucha más fiera, me abstengo de venir. Por eso no quieras violentarme en
hacerme venir ahora; déjame desahogar mi furor y no quieras acrecentar mis penas con tus