quién muera, quién se fatiga por debilidad, quién tiemble por el frío, quién no tiene con qué
alimentarse. Nuestros bienes, actos y sacrificios, no se dan si no son llamados, porque con
recordarlos y ofrecerlos se disponen a reconocerlos y a recibir el bien que nuestros actos
contienen. Además, no hay honor más grande que puede dar a todo el Cielo, que ofrecer los
actos que hicieron en la tierra, por la finalidad noble, altísima y sublime de que venga el reino de
la Divina Voluntad sobre la tierra”.
(3) Después continuaba pensando en el Querer Divino, y mi amado Jesús ha agregado:
(4) “Hija mía, un acto, una oración, un pensamiento, un afecto, una palabra, para ser aceptos,
perfectos, ordenados, completos, deben elevarse a la misma finalidad querida por Dios mismo.
Porque conforme la criatura en su acto se eleva a la finalidad querida por el Ente Supremo,
abraza el principio y toma en su acto la finalidad con que Dios la ha creado, Dios y la criatura se
dan la mano y quieren y hacen la misma cosa; con hacer esto entra en el acto de la criatura el
orden divino, el acto divino, y la misma finalidad con la cual Dios quiere que se haga aquel acto.
Entonces, entrando la finalidad divina, el acto por sí mismo se vuelve completo, santo, perfecto
y todo ordenado. Tal como es el autor de la finalidad de aquel acto, tal se vuelve el acto; en
cambio si la criatura no se eleva a la finalidad querida por Dios en su acto, desciende del principio
de su creación y no sentirá la vida del acto divino en el suyo, quizá hará muchos actos, pero
incompletos, imperfectos, desordenados; serán como actos extraviados de la finalidad de su
Creador. Por eso la cosa que más nos agrada es ver nuestra misma finalidad en el acto de la
criatura; se puede decir que ella continúa nuestra Vida sobre la tierra, y nuestra Voluntad obrante
en sus actos, palabras, y en todo”.
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29-42
Octubre 12, 1931
Aliento incesante de Dios. Vida Divina y acto completo de Dios
en la criatura. Las copias, el pueblo, los príncipes, la corte
noble, y el ejército real del reino celestial.
(1) Siento la fuerza omnipotente del Fiat Divino que toda me inviste, me absorbe y me
transforma en su luz; esta luz es amor y hace palpitar en mí la Vida de mi Creador, esta luz es
palabra y me da las más bellas noticias del principio de mi existencia, las relaciones, los vínculos
de unión, la virtud comunicante, la inseparabilidad que existe hasta ahora entre Dios y yo; pero
¿quién mantiene todo esto en pleno vigor sino el Querer Divino? ¡Oh! potencia del Fiat Supremo,
postrada en la inmensidad de tu luz yo te adoro profundamente, y mi pequeña nada amándote
se pierde en Ti. Pero mientras esto pensaba, mi dulce Jesús me ha dicho:
(2) “Mi buena hija, sólo mi Querer mantiene y conserva intacto, con un acto continuo, el
principio de la creación de la criatura. Nuestro Ente Supremo daba el principio y animaba su
vida con la potencia de nuestro aliento divino, este aliento no debía jamás ser interrumpido,
mucho más que cuando Nosotros damos y hacemos un acto no lo retiramos jamás, y esto sirve
para formar obras completas del ser que sacamos a la luz. Este nuestro primer acto, mientras
sirve para dar principio y formar la vida, la continuación sirve para hacer de la criatura un acto
nuestro completo, y conforme le damos el aliento así formamos en ella nuestros actos continuos
para completar nuestra Vida Divina. Nuestro aliento, en cuanto lo damos, forma paso a paso el
crecimiento de esta Vida nuestra en la criatura; nuestro aliento, en cuanto se da, así forma
nuestro acto completo de santidad, de belleza, de amor, de bondad, y así de lo demás, y cuando
la hemos llenado tanto, de modo que no tenemos más dónde poner del acto nuestro en la
criatura, porque ella es limitada, nuestro aliento cesa y termina su vida en la tierra, y para
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