reposo y pone término a todos sus males. Es más, mi mismo Querer en cuanto ve que quiere
vivir en Él, la acaricia, la pone en fiesta y le ayuda a suprimir las salidas, cierra las puertas a sus
males, porque no queremos, ni amamos a la criatura infeliz, esto nos deshonra y forma nuestro
dolor y el suyo, por eso la queremos ver feliz y de nuestra misma felicidad. ¡Oh! cómo es
doloroso para nuestro corazón paterno poseer inmensas riquezas, alegrías infinitas, y ver a
nuestros hijos en nuestra misma casa, esto es, en nuestra misma Voluntad, pobres, en ayunas,
e infelices”.
+ + + +
29-39
Septiembre 29, 1931
Crecimiento de la criatura ante la Majestad Divina. El vivir
en la Divina Voluntad es don que Dios hará a la criatura.
(1) Estaba haciendo mi giro en la Divina Voluntad para seguir sus tantos actos hechos por
amor nuestro, y habiendo llegado al Edén me he detenido en el acto en que Dios creaba al
hombre; ¡qué momentos solemnes! ¡Qué arrebato de amor! Así que aquel acto se puede llamar
un acto purísimo, completo, sustancioso, jamás interrumpido de amor divino. El hombre fue
formado, tuvo principio, nació, en el amor de su Creador, por eso era justo que debía crecer
como fundido y recibiendo el aliento, como una llama, del soplo de quien tanto lo amaba. Pero
mientras esto pensaba, mi dulcísimo Jesús visitando mi pequeña alma me ha dicho:
(2) “Hija mía, la Creación del hombre no fue otra cosa que un desahogo de nuestro amor, pero
tanto, que no lo pudo recibir todo dentro de sí, no teniendo capacidad de poder encerrar en su
interior un acto de Aquél que lo sacaba a la luz. Por lo tanto nuestro acto permanecía dentro y
fuera de él, a fin de que le pudiera servir de alimento para poder crecer ante Aquél que con tanto
amor lo había creado, y que tanto lo amaba. Y como no fue sólo nuestro amor que desahogó al
crear al hombre, sino todas nuestras cualidades divinas, por eso desahogó la potencia, la
bondad, la sabiduría, la belleza, y así de lo demás, por eso nuestro amor no se contentó con
amarlo, sino desahogando todas nuestras cualidades divinas, quedaba la mesa siempre
preparada y a disposición del hombre, para que cada vez que lo quisiera pudiera venir a sentarse
a esta mesa celestial para alimentarse de nuestra bondad, potencia, belleza, amor y sabiduría,
y así crecer ante Nosotros con nuestras mismas cualidades divinas, con el modelo de nuestra
semejanza, y cada vez que venía a nuestra presencia para tomar los sorbos de nuestras
cualidades divinas, Nosotros debíamos arrullarlo sobre nuestras rodillas para hacerlo tomar
reposo y hacerle digerir lo que había tomado, a fin de que pudiera alimentarse de nuevo de
nuestros desahogos divinos para formar su crecimiento completo de bondad, de potencia, de
santidad, de belleza, como nuestro amor lo deseaba y nuestro Querer lo quería. Nosotros
cuando hacemos una obra, es tanto nuestro amor que todo damos y preparamos, a fin de que
nada falte a nuestra obra creadora; hacemos obras completas, jamás a medias, y si alguna cosa
parece que falta, es la parte de la criatura que no toma todo lo que Nosotros hemos puesto fuera
para su bien y para gloria nuestra”.
(3) Después continuaba pensando en la Divina Voluntad, y mi amado Jesús ha agregado:
(4) “Hija mía, el vivir en mi Voluntad es un don que hacemos a la criatura, don grande que
supera en valor, en santidad, en belleza y en felicidad todos los otros dones, en modo infinito e
inenarrable. Cuando hacemos este don tan grande, no hacemos otra cosa que abrir las puertas
para hacerla poseedora de nuestras posesiones divinas, lugar donde no tienen más vida las
pasiones, los peligros, ni ningún enemigo la puede dañar o hacerle algún mal; este don confirma