regulaba nuestro Ser Divino, a fin de que uno fuera el régimen y la regla entre Dios y la criatura.
En cuanto el hombre se sustrajo de nuestra Voluntad, perdió nuestro régimen y nuestra regla, y
terminamos de festejar por ambas partes. Por eso, conforme tú haces tus actos en Ella y nos
recuerdas todo lo que hicimos en la Creación para preparar nuestra fiesta a la criatura, sentimos
que nuestro Fiat es tu régimen y tu regla, esto nos ata y estrecha de nuevo y nos forma la nueva
fiesta, y nos hace repetir la de la Creación”.
(4) Y yo: “Mi amado Jesús, por cuanto más quiero vivir en tu Querer y morir antes que no
hacer tu Santísima Voluntad, sin embargo me siento mala, sucia, entonces ¿cómo puedo
repetirte esta fiesta? Y Jesús ha respondido:
(5) “Es tanto nuestro amor por quien está decidida a vivir en Ella y hacerla siempre, que se
hace pincel de luz, y pintando con su toque de luz y calor, purifica a la criatura de cualquier
mancha, a fin de que no se avergüence en nuestra presencia adorable, y la pone con toda
confianza y amor a festejar junto con Nosotros. Por eso déjate pintar por mi Divina Voluntad,
aun a costa de sufrir cualquier pena, y Ella pensará en todo”.
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El gran mal de quien no hace la Divina
Voluntad. Ejemplo de Adán, interesantísimo.
29-30
Julio 27, 1931
(1) Mi abandono en el Santo Querer Divino continúa, y comprendía el gran bien que mi
pequeña alma sentía al vivir en poder de un Querer tan Santo. Él tiene tal celo, la ama tanto,
toma empeño de todo, incluso de las cosas más pequeñas de esta criatura, que parece que
dice: “Ninguno me la toque, y hay de quien se atreva”. Entonces yo pensaba: Me ama tanto, y
yo ¿he tenido alguna vez la gran desventura de oponerme a una Voluntad tan amable y
adorable? Yo dudo fuertemente, en especial en este último periodo de mi existencia, en lo que
he pasado, que haya habido alguna ruptura entre mi voluntad y la Voluntad Divina. Y mientras
mi pobre mente estaba afligida por la triste duda, mi dulce Jesús, no soportando el verme
angustiada, todo bondad me ha dicho:
(2) “Hija mía buena, ánimo, aleja de tu mente toda duda y angustia, porque éstas te debilitan
y te hacen interrumpir el vuelo hacia aquel Querer que tanto te ama; es verdad que ha habido
reflexiones, miedos, faltas de pleno abandono, de modo que tú sentías el peso de tu voluntad
como si quisiera salir en campo para hacer su camino, y te volvía como una niña pequeña que
teme de todo, tiene miedo de todo, y tanto, que frecuentemente llora, y Yo te tenía estrechada
entre mis brazos para sostenerte, y vigilaba más que nunca tu voluntad para tenerla segura. Por
eso hija, verdaderas rupturas entre mi Divina Voluntad y la tuya no hay, ni ha habido, y si, jamás
sea, esto hubiera sido, el Cielo te libre hija mía, habrías incurrido en la misma desgracia de
Adán. De cuántos preparativos no fue precedida su existencia, nuestro amor no se daba paz,
ponía fuera el cielo y el sol, un agradable jardín y tantas otras cosas, todos actos preparatorios
como desahogo de nuestras obras por amor de este hombre, y al crearlo se vertió nuestra Vida
Divina en él, haciéndose vida permanente de éste, de manera que nos sentía dentro como vida
perenne, y nos sentía fuera en nuestras obras creadas por amor suyo. Nuestro amor fue tanto,
que se hizo revelador de nuestro Ser Divino en el interior del hombre, porque había establecido
nuestra Vida permanente en él, y revelador por fuera, de modo que cada cosa creada era una
revelación de nuestro amor que le hacía. Mucho más que en la Creación le fueron dados al
hombre, tanto nuestra Vida como todas las cosas creadas de manera permanente, no a
intervalos. Un bien, hoy sí y mañana no, es un amor roto, y la naturaleza de nuestro amor no