3-81
Junio 12, 1900
La obediencia la hace pedir a Jesús que la
haga sufrir para impedir los castigos.
(1) Esta mañana al venir mi amable Jesús he comenzado a decir: “Señor, ¿qué haces? Parece
que te adentras demasiado con la justicia”. Y mientras quería continuar hablando para excusar
las miserias humanas, Jesús me ha impuesto silencio diciéndome:
(2) “Calla, si quieres que me entretenga contigo ven a besarme y a sanar con tus
acostumbradas adoraciones todos mis miembros sufrientes”.
(3) Así he comenzado por la cabeza, y después, poco a poco por los otros miembros. ¡Oh,
cuántas llagas profundas tenía aquel cuerpo sacrosanto, que el sólo mirarlas daba horror!
Entonces, no apenas había terminado ha desaparecido, dejándome con poquísimo sufrimiento
y con un temor: quién sabe cómo se derramará sobre las gentes, porque no se ha dignado
derramar sobre mí sus amarguras.
(4) Poco después ha venido el confesor y le he dicho lo anterior, y él me dijo que hoy, por
obediencia absoluta, cuando haga la meditación debes pedirle que te haga sufrir la crucifixión y
que deje de mandar los flagelos. Entonces, cuando hice la meditación, en cuanto se hizo ver le
he rogado de acuerdo a la obediencia recibida, pero no me puso atención, es más, ahora se
hacía ver que volteaba la espalda a la gente, ahora que dormía para no ser importunado por mí,
y que sé yo, me sentía morir porque no se preocupaba por hacerme hacer la obediencia;
entonces he tomado valor, y poniendo toda la confianza en la santa obediencia lo he tomado
por un brazo, y moviéndolo para despertarlo le he dicho: “Señor, ¿qué haces? ¿Este es el amor
que le tienes a tu virtud predilecta de la obediencia? ¿Estos son los elogios que tantas veces le
habéis dado? ¿Estos son los honores que le habéis prodigado, hasta decir que te sientes
sacudido y no puedes resistir a la virtud de la obediencia y te sientes cautivar por el alma que
se dona a esta virtud, que ahora parece que no te importa el hacerme obedecer? Mientras esto
y otras cosas decía, y que me alargaría demasiado si quisiera escribirlas, el bendito Jesús se
ha sacudido, y como golpeado por un vivísimo dolor, ha roto en abundante llanto, y sollozando
ha dicho:
(5) “Tampoco Yo quiero mandar flagelos, es la justicia que me obliga casi a fuerza, pero tú
con este hablar me quieres herir a lo vivo y tocarme una fibra muy delicada para Mí y muy amada
por Mí, tanto que no quise otro honor ni otro título que el de obediente. Y para hacerte ver que
no es que no me importe hacerte obedecer, con todo lo que la justicia me obliga a no hacerlo,
te participo en parte los dolores de la cruz”.
(6) Mientras esto hacía, ha desaparecido, dejándome contenta porque me ha hecho obedecer
y con un disgusto en el alma, como si hubiese sido causa de hacer llorar al Señor con mi hablar.
¡Ah Señor, te pido que me perdones!
+ + + +
3-82
Junio 14, 1900
Efectos de la cruz.
(1) Encontrándome no poco sufriente, mi adorable Jesús al venir toda me compadecía y me
ha dicho:
(2) “Hija mía, ¿qué tienes que sufres tanto? Déjame aliviarte un poco”.