sensiblemente en mi interior, y con voz clara sus palabras sonaban en mi oído, y decía con
ternura indecible: “Padre Santo, te ruego por mis hijos, y por todos aquellos que me has dado
y que yo reconozco que son míos, Yo los estrecho en mis brazos a fin de que queden defendidos
y al seguro de la tempestad que están armando contra mi Iglesia”. Después ha agregado:
(2) “Hija mía, cuántas traiciones habrá, cuántas máscaras se caerán. Yo no podía soportar
más su hipocresía, mi Justicia estaba llena de tantos fingimientos, y por eso no han podido tener
más la máscara que los cubrían. Por eso ruega junto Conmigo, a fin de que se salven aquellos
que deben servir a mi gloria, y confundidos los que quieren golpear a mi Iglesia”.
(3) Después ha hecho silencio, y mi pobre mente veía tantas cosas funestas y trágicas, y
mientras rezaba mi sumo Bien Jesús ha repetido:
(4) “Hija mía, para comunicar el bien a los demás es necesario poseer la plenitud del mismo
bien, porque con poseerlo se conocen los efectos, la sustancia, la práctica de cómo se adquiere
aquel bien; por eso tendrá virtud de poderlo infundir en los demás, de saber decir las bellezas,
las prerrogativas, los frutos que produce aquel bien. En cambio, si el alma apenas ha
conquistado un sorbo de un bien, de una virtud, y quiere comenzar a enseñarla a los demás, no
conocerá a fondo la plenitud de aquella virtud, por eso no sabrá repetir su gran bien, ni dar la
práctica de cómo adquirirla; por eso será como un niño, que habiendo aprendido apenas las
vocales quiere hacer de maestro a los otros, pobre niño, será el maestro de burla porque no
podrá seguir adelante en las enseñanzas. He aquí por qué los verdaderos santos primero se
han llenado ellos de amor, de conocimientos divinos, de paciencia invicta y demás, y cuando se
han llenado de tal manera que no pueden contenerlos más dentro de ellos, el desahogo que
salía de los bienes que poseían lo han comunicado a los pueblos, y su palabra era fuego, era
luz, y enseñaban no en modo superficial, sino en modo práctico y sustancioso el bien que
poseían. Ésta es la causa por la que tantos quieren hacer de maestros y no hacen ningún bien,
porque si falta el alimento suficiente en ellos, ¿cómo pueden nutrir a los demás?”
(5) Entonces después de esto me he abandonado toda en el Fiat Supremo, y mi pobre mente
se perdía en Él y he quedado como raptada al ver frente a mí al Ser Divino, y una luz interminable
dispuesta en innumerables rayos que salían del centro de Él, estos rayos eran entretejidos
frecuentemente por pequeñas luces que estaban atadas a los rayos interminables de la Majestad
Adorable, las cuales parecían parto de la misma luz, y que se nutrían de luz para formarse la
vida de luz y crecer como Dios las quería. Qué encanto es la Alteza Divina, su presencia rapta,
el ojo se pierde en su inmensidad y es tanta su belleza, la multiplicidad de sus alegrías infinitas,
que parece que más que tupida lluvia caen de su Ser Divino, así que uno se siente enmudecer
y por eso poco o nada se sabe decir. Entonces, mientras estaba toda inmersa en lo que estaba
presente a mi mente, mi amado Jesús me ha dicho:
(6) “Hija de mi Querer Divino, mira, esta Luz inmensa no es otra cosa que las emanaciones
de nuestra Voluntad del centro de nuestro Ser Divino; conforme pronunciamos el Fiat, así se
extendía para formar con su fuerza creadora cada cosa creada, y para hacer que ninguna cosa
saliera de dentro de su luz, permanecía en Ella lo que salía de nuestras manos creadoras. Así
que aquellos entretejidos que tú ves a los rayos de nuestra luz, no son otra cosa que todas las
cosas creadas, algunas están como en custodia en nuestra luz a fin de que no sufran ningún
cambio, otras, y son las criaturas que viven en nuestro Querer, están no sólo en custodia, sino
en acto de recibir continuamente de Dios para crecer, para alimentarse de luz, y con sus
pequeñas luces formar entretejidos al mismo Querer Divino para hacerlo obrar en la pequeña
luz; así que estas pequeñas luces dan lugar a nuestro Fiat Divino para hacerlo obrar
continuamente en ellas, parece que nos dan qué hacer y nos hacen continuar el trabajo que con
tanto amor comenzamos en la Creación. Y cuando la criatura nos da ocasión de continuar
nuestro trabajo dándonos libertad de obrar en su pequeña luz, nosotros se lo agradecemos
tanto, que volvemos obrante la pequeña luz junto con nuestro trabajo, y no nos sentimos aislados