y sólo sabe dispersar en un día el bien que se ha hecho en tantos años, con tantos sacrificios.
Por eso tu único temor sea el de no hacer mi Voluntad”.
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29-21
Junio 8, 1931
Dios agradece cuando se recuerda lo que hizo en la
Creación. Los actos repetidos forman el alimento del
alma. Cómo en la tierra se comienza y en el Cielo se cumple.
(1) Siento la fuerza potente del Fiat Divino que me llama en Él a seguir sus actos. Mi
pequeña inteligencia se ha detenido en el Edén, en el acto de la creación del hombre. ¡Qué
acto solemne! Después de haber creado todas las cosas como preparación, como para
festejar a aquél por el cual había creado toda la Creación como morada real donde el hombre
debía habitar con toda suntuosidad y comodidad, donde nada debía faltarle, basta decir que
era una morada formada por nuestro Padre Celestial, por la potencia de su Fiat Divino. Y
mientras esto pensaba, mi dulce Jesús me ha dicho:
(2) “Hija bendita, el más dulce recuerdo que más inmensamente agradezco, es cuando la
criatura recuerda mi amor en la Creación, de modo especial la del hombre; nuestro amor se
desahogó más que una madre cuando pone fuera, a la luz del día a su querido hijo. Nuestro
amor corría, corría para encerrarlo en Él, a fin de que dondequiera, dentro y fuera de sí, pudiese
encontrar el apoyo de nuestro amor que le dice: ‘Te amo, te amo.’ El dulce sonido de nuestro
amor le susurra al oído, late en su corazón, resuena fuerte, le da ardientes besos en los labios,
apretados abrazos, para llevarlo en nuestros brazos paternos como triunfo de nuestro amor, que
a cualquier costo quiere amar a la criatura. Así que no hay cosa más dulce, más amada, que
más agradezcamos, que el recordarnos con cuánto amor creamos al hombre y todas las cosas.
Es tanto nuestro agradecimiento, que a la afortunada criatura que viene ante nuestra Majestad
adorable para recordarnos este nuestro amor tan grande, le duplicamos nuestros vínculos
amorosos con ella, le damos nuevas gracias, nueva luz, y la llamamos la repetidora de nuestra
fiesta, porque en la Creación todo era fiesta para Nosotros y para todos. Y la criatura con
recordarnos lo que hicimos en la Creación pone en fiesta nuestro amor, nuestra potencia,
nuestra sabiduría creadora, que con tanta maestría inimitable había creado todo el universo, y
después la maestría en el crear al hombre que supera todo. Por eso todas nuestras cualidades
divinas festejan, y mirando a la criatura que con su recuerdo y con su pequeña correspondencia
de amor las han puesto en fiesta, hacen competencia entre ellas, y quién le duplica el amor,
quién la bondad, quién la santidad, en suma, cada una de nuestras cualidades divinas quiere
dar de lo suyo para repetir con ella lo que hacemos en la Creación. Por eso repite
frecuentemente el dulce recuerdo de nuestro amor insuperable que tuvimos en la Creación. Era
una criatura nuestra, una imagen nuestra, un hijo nuestro que sacábamos a la luz, y por eso
desahogamos tanto amor, y al sentírnoslo recordar sentimos amarlo más. Así que toda la
Creación no es otra cosa que un desahogo de nuestra Voluntad amante de la criatura, y en su
desahogo amoroso va repitiendo: ‘Fiat, Fiat’, para emperlar la Creación toda con su desahogo
de amor. Mucho más que cada acto, palabra, pensamiento, hecho en nuestro Querer Divino,
forman el alimento del alma; el alimento conserva la vida, la hace crecer y le mantiene la fuerza
necesaria para poder formar alimentos suficientes para no quedar en ayunas. Por eso los actos
continuados no son otra cosa que alimentos que se preparan de un día para otro, para tener
siempre de qué nutrirse; si los actos no se hacen, no tendrá alimento, así que la pobre criatura