(2) Y Él: “Hija mía, para contentarte te entrego las llaves de la justicia y el conocimiento de
cuánto es necesario absolutamente castigar al hombre, y con esto harás lo que te plazca, ¿no
estás contenta por ello?”
(3) Al oírme decir esto me consolé y decía en mi interior: “Si está en mí, de hecho no castigaré
a ninguno”. Pero cómo quedé desengañada cuando el bendito Jesús me dio una llave y me puso
en medio de una luz, y mirando desde en medio de aquella luz descubría todos los atributos de
Dios, y también los de la justicia. ¡Oh, cómo todo está ordenado en Dios! Y si la justicia castiga,
es orden; y si no castiga no estaría en orden con los demás atributos. Ahora me veía como
miserable gusano en medio de aquella luz, y que si quisiera impedir el curso a la justicia,
estropearía el orden e iría en contra de los mismos hombres, porque comprendía que la misma
justicia es amor purísimo hacia ellos. Entonces me he encontrado toda confundida y molesta,
por eso para desentenderme he dicho a nuestro Señor: “Con esta luz de la cual me habéis
rodeado entiendo las cosas diversamente, y si me dejaras obrar a mí lo haría peor que Tú, por
eso no acepto este conocimiento y renuncio a las llaves de la justicia; lo que acepto y quiero es
que me hagas sufrir a mí y que liberes a las gentes; del resto no quiero saber nada”.
(4) Y Jesús sonriendo ante mi hablar me ha dicho:
(5) “¡Cómo! tan pronto quieres desentenderte, no queriendo conocer ninguna razón y
queriéndome hacer violencia más fuerte te quieres salir con dos palabras: Hazme sufrir a mí y
libéralos”.
(6) Y yo: “Señor, no es que no quiera saber ninguna razón, sino que no es oficio mío, sino
tuyo. Mi oficio es el de ser víctima, por eso Tú haz tu oficio y yo hago el mío, ¿no es verdad mi
amado Jesús?”
(7) Y Él, mostrando como una aprobación ha desaparecido.
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3-80
Junio 10, 1900
Oficio de víctima. Castigos.
(1) Me parece que mi adorable Jesús continúa dividiendo en dos a la justicia al derramar un
poco en mí y el resto en las gentes. Esta mañana, especialmente cuando me he encontrado con
Jesús, se me desgarraba el alma al ver la tortura de su dulcísimo corazón al castigar a las
criaturas. Era tanto el estado sufriente en el cual se encontraba, que no hacía otra cosa que
emitir continuos gemidos, tenía en la cabeza una tupida corona de espinas, toda encarnada,
tanto que la cabeza parecía un conjunto de espinas. Entonces, para aliviarlo un poco le he dicho:
“Dime Bien mío, ¿qué tienes que estás tan sufriente? Permíteme que te quite estas espinas que
no poco te atormentan”. Pero Jesús no me respondía, es más, ni siquiera escuchaba lo que yo
decía. Entonces me he puesto a quitar aquellas espinas, una por una, y después las he puesto
sobre mi cabeza. Ahora, mientras esto hacía, he visto que en lugares lejanos debía suceder un
terremoto que haría matanza de gente. Después Jesús ha desaparecido y yo he regresado en
mí misma, pero con suma aflicción mía al pensar en el estado sufriente de Jesús y en las
desgracias de la miserable humanidad.
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