continua sin jamás cansarse de repetirla, una fidelidad, constancia e igualdad de modos en todas
las circunstancias, forman un terreno suficiente, regado por la sangre del propio corazón, donde
Dios se siente llamado por todos los actos de la criatura, como tantas certificaciones de que
puede cumplir sus más grandes designios, y la misma criatura siente en la prolijidad de sus
actos el dominio de sí misma y la seguridad de que no vacilará. El bien de un día dice nada, un
bien, hoy sí y mañana no, dice debilidad y volubilidad, todos frutos de la voluntad humana, un
bien inconstante dice que la criatura no es dueña de aquel bien, aquella virtud, y por eso no
están en su poder, el bien se cambia en mal y la virtud en vicio. Ve entonces que el alma para
estar segura que posee un bien, una virtud, debe sentir en sí la vida de aquella virtud, y con
constancia férrea de años y años, y por toda la vida debe ejercitarse en aquel bien. Y Dios se
siente seguro de poner de lo suyo y obrar cosas grandes en la constancia de la criatura. Esto
hice con la Reina del Cielo, quise la prolijidad de quince años de vida pura, santa y toda de
Voluntad Divina para descender del Cielo a la tierra en su seno virginal; hubiera podido hacerlo
antes, pero no quise, quise primero sus actos de confirmación, y la prolijidad de su vida santa,
casi para darle el derecho de ser mi Mamá, y a mi sabiduría infinita darle la razón de haber
obrado en Ella prodigios inauditos. Y, ¿no es acaso esta la causa, la larga prolijidad de los
largos sufrimientos, porque quería estar seguro de ti, y no de palabra, sino con los hechos; no
ha sido acaso la causa de mis tantas visitas y de las tantas verdades que te he manifestado en
la prolijidad de tu vida sacrificada? Puedo decir que me hacía ver y te hablaba en el centro de
la hoguera de tu sacrificio, y cuando te oigo decir, ¿es posible Jesús mío, tan largo mi exilio,
cómo no tienes piedad de mí? Y Yo, ¿sabes qué digo? ‘¡Ah! mi hija no conoce bien el secreto
que contiene un sacrificio prolijo’. Y cuanto más largo, más grandes son nuestros designios por
cumplir, por eso fíate de Mí y déjame hacer”.
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29-19
Mayo 31, 1931
La felicidad de Jesús es encontrar a su criatura en la Divina Voluntad.
Dios se vuelca en la criatura y ella en Dios. La pequeña casita de Nazaret.
(1) Mi abandono en el Querer Divino continúa, y mi pobre mente ahora se detiene en un punto
y ahora en otro, como si quisiera tomar reposo en cada uno de los efectos de la Divina Voluntad,
que si bien su acto es uno, sus efectos son innumerables, tanto, que yo no llego jamás a
encontrarlos todos, mucho menos a comprenderlos, y por eso viendo que no me es dado el
abrazarlos todos, siendo demasiado pequeña, me detengo en uno de sus efectos para
gozármelo y reposarme. Y mi dulce Jesús que se complace tanto en encontrarme en su
adorable Voluntad, detenida para respirarla como vida me ha dicho:
(2) “Hija mía, cómo me es dulce encontrarte en mi Divina Voluntad, y no como aquellas
criaturas que se encuentran en Ella forzadas, por necesidad y porque no pueden hacer de otra
manera, y mientras están en Ella no la conocen, ni la aman, ni la aprecian; sino que
encontrándote te encuentro voluntariamente, la conoces y amas, y llegas hasta a encontrar tu
dulce reposo, y me siento muy atraído a ti; mucho más que la misma potencia de mi Voluntad
se impone sobre tu Jesús para develarme, y Yo no sé negarle nada, porque podría decir que la
única felicidad que me viene de la tierra es encontrar a la criatura en mi Divina Voluntad, y
cuando la encuentro quiero corresponderle por la felicidad que me da, primero con hacerla feliz,
y después con prepararla y disponerla a hacer un acto en mi Voluntad, preparo el espacio,
porque es tanta la grandeza, la santidad, la potencia que contiene un acto hecho en Ella, que la
criatura no podría contenerlo si Yo no le diera la capacidad. Por eso quien vive en mi Querer es
inseparable de Mí, porque mientras ha hecho un acto debo prepararla para otro acto, mucho