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Mayo 16, 1931
La Divina Voluntad es la que da forma a los actos de la criatura. Ímpetu
de amor divino al crear al hombre; toques de las cualidades divinas.
(1) Estoy siempre en mi querida heredad del Fiat Divino, me parece que me susurra al oído:
“Como era en el principio, seré siempre, en los siglos de los siglos, también tú si estás en mi
Divina Voluntad serás siempre igual a ti misma, jamás cambiarás acción, harás siempre mi
Voluntad, y la variedad de tus acciones las podrás llamar efectos de aquel acto primero y único
de Ella, que corre en tus actos para hacer de ellos uno sólo, que tiene virtud de producir como
sol, el bello arco iris de la variedad de los colores como efecto de su luz, sin cambiar su acto
único de dar siempre luz”. Qué felicidad se siente en el alma al poder decir: “Hago siempre la
Divina Voluntad”. Ahora, mi pequeña y pobre inteligencia me la sentía absorbida en la luz de la
Voluntad Divina, sentía en mí la fuerza única y potente de Ella, y la variedad de sus innumerables
efectos haciéndome corona e invistiéndome eran portadores de alegría, de paz, de fortaleza, de
bondad, de amor, de santidad, de belleza indescriptible; estos efectos eran como tantos besos
de vida que daban a mi alma, de los cuales quedaba poseedora. Yo he quedado maravillada
por esto, y mi siempre amable Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, todos los actos hechos por la criatura en la Divina Voluntad son confirmados por
Dios como actos divinos, y esta confirmación forma la vida de los mismos actos, y vienen
sellados con el sello divino como actos imperecederos, siempre nuevos, frescos, y de una
belleza encantadora. Los actos hechos por la criatura en mi Voluntad, podría llamarlos nueva
creación que Yo hago en la criatura; conforme ella va haciendo su acto en mi Voluntad, mi Fiat
se impone con su fuerza creadora, y forma ahí su acto, y con derecho lo confirma. Sucede como
sucedió en la Creación, como corría la fuerza creadora de mi Voluntad en el crear tantas cosas,
quedaron inmutables, sin cambiarse jamás; ¿acaso se ha cambiado el cielo, las estrellas, el sol?
En absoluto, tal como fueron creados tales son, porque donde mi Querer pone su fuerza
creadora, queda la vida perenne de su mismo acto, y como confirmación no se puede cambiar
jamás. Ve entonces qué significa hacer y vivir en mi Divina Voluntad: ‘Estar bajo el imperio de
una fuerza creadora y confirmadora, que pone al seguro todos los actos de la criatura
volviéndolos inmutables’. Así que con vivir en mi Querer ella quedará confirmada en el bien que
hace, en la santidad que quiere, en el conocimiento que posee, en el triunfo del sacrificio.
Nuestra Divinidad, de nuestra espontánea Voluntad, está bajo el imperio de un amor que corre
irresistiblemente porque quiere dar a la criatura, tanto que al crear al hombre fue creado en
nuestro ímpetu de amor por los toques de nuestras cualidades divinas. Nuestro Ser Divino,
siendo purísimo espíritu no tenía ni manos ni pies, nuestras cualidades divinas nos sirvieron de
manos para formar al hombre, y volcándose sobre él como un impetuoso torrente lo modelamos,
y tocándolo le infundimos los efectos de nuestras cualidades supremas. Estos toques
permanecen en el hombre, y por eso se ven en él ciertas bellas cualidades de bondad, de
ingenio, de inteligencia y otras, son la virtud de nuestros toques divinos, que continuando a
modelar al hombre producen sus efectos, son nuestras prendas de amor con las cuales lo
amasamos, y que a pesar de que él no se recuerda y tal vez ni siquiera nos conoce, continúan
su oficio perenne de amarlo. Y así como cuando se toca un objeto o una persona, quién toca
siente la impresión de la persona tocada, por eso, así como nuestros toques de las cualidades
divinas quedaron en el hombre, así quedó en nuestras cualidades supremas la impresión de
haberlo tocado. Así que lo sentimos en Nosotros mismos, ¿cómo no amarlo? Por eso, por
cuanto haga el hombre, le vamos al encuentro con nuevos encuentros de amor, y con nuestro
agradable estribillo de amarlo siempre”.