de la violencia que te haces al castigar a tus imágenes. ¡Ah! sí, te lo pido por amor de Ti mismo,
que no mandes castigos hasta llegar a quitar el pan a tus hijos y hacerlos perecer. ¡Ah! no, no
es de la naturaleza de tu corazón obrar de este modo, por eso es la violencia que sientes, que
si pudiera te daría la muerte”.
(2) Y Él, todo afligido me ha dicho: “Hija mía, es la justicia que me hace violencia, y el amor
que tengo hacia los hombres me hace violencia más fuerte, tanto, de poner a mi corazón en
angustias de muerte al castigar a las criaturas”.
(3) Y yo: “Por eso Señor, descarga sobre mí la justicia, y tu amor no será más violentado por
la justicia y no se encontrará en conflicto por castigar a las gentes, porque en verdad, ¿cómo
harán si Tú actúas, como me haces comprender, secando todo lo que sirve de alimento al
hombre? Ah, te pido, déjame sufrir a mí y perdónalos a ellos, si no en todo al menos en parte”.
(4) Y Jesús, como si se viera obligado por mis oraciones, se ha acercado a mi boca y ha
derramado de la suya un poco de amargura, densa y nauseante, que en cuanto la tragué me
produjo tales y tantas especies de penas que me sentía morir. Entonces el bendito Jesús,
sosteniéndome en esas penas, de lo contrario hubiera quedado víctima, (y sin embargo no había
derramado más que un poco, ¿qué será de su corazón adorable que tanta contenía?), ha
suspirado como si se hubiera aliviado de un peso y me ha dicho:
(5) “Hija mía, mi justicia había decidido destruir todo, pero ahora descargándose un poco
sobre ti, por amor tuyo concede un tercio de lo que sirve de alimento al hombre”.
(6) Y yo: “¡Ah Señor, es muy poco, al menos la mitad!”
(7) Y Él: “No hija mía, conténtate”.
(8) Y yo: “No Señor, si no me quieres contentar por todos, al menos conténtame por Corato y
por aquellos que me pertenecen”.
(9) Y Jesús: “Hoy está preparada una granizada que debe hacer gran daño, tú estás con los
dolores de la cruz, sal fuera de ti misma y en forma crucificada ve en el aire y pon en fuga los
demonios de encima de Corato, porque ante tu forma crucificada no podrán resistir y se irán a
otra parte”.
(10) Así he salido fuera de mí misma, crucificada, y he visto la granizada y los rayos que
estaban por desencadenarse sobre Corato. ¿Quién puede decir el espanto de los demonios,
cómo a la vista de mi forma crucificada corrían, se mordían los dedos de rabia y llegaban a
tomarla contra el confesor que esta mañana me había dado la obediencia de sufrir la crucifixión,
ya que contra mí no se la podían tomar, es más, eran obligados a huir de mí por la señal de la
Redención que advertían? Entonces, después de haberlos puesto en fuga he regresado en mí
misma, encontrándome con una buena dosis de sufrimientos. Sea todo para la gloria de Dios.
+ + + +
3-79
Junio 7, 1900
Jesús le entrega las llaves de la justicia y una luz para descubrirla.
(1) Como me encontraba en algún modo sufriente, me parecía que aquellos sufrimientos eran
una dulce cadena que atraía a mi buen Jesús a hacerlo venir casi de continuo, y me parecía que
aquellas penas llamaban a Jesús para hacerlo derramar en mí otras amarguras. Entonces, al
venir, ahora me sostenía en sus brazos para darme fuerza, y ahora derramaba de nuevo. Yo de
vez en cuando le decía: “Señor, ahora siento en mí parte de tus penas, te ruego que me
contentes, como te dije ayer de darme al menos la mitad de lo que sirve para alimento del
hombre”.
176 sig