Pero el pensamiento de poder aliviar a Jesús con mis pequeñas penas me daba la paz. Y si
bien Jesús me había dejado sola en las penas, después ha regresado y me ha dicho:
(2) “Hija mía, el verdadero amor no sabe hacer nada, ni sufrir, si no hace partícipe a aquella
que me ama; cómo es dulce la compañía de las personas queridas en las penas, su compañía
me mitiga las penas y me siento como si me dieran de nuevo la vida, y sentirme dar de nuevo
la vida por vía de penas es el amor más grande que Yo encuentro en la criatura, y Yo le doy de
nuevo mi Vida en correspondencia. Así que es tanto el amor, que se intercambian el don de la
vida la una por el otro. Pero ¿sabes tú quién me ha atraído en tus brazos para pedirte ayuda en
mis penas? El continuo tronar de tu ‘te amo’, que relampagueando me ha atraído para venirme
a arrojar en tus brazos para pedirte alivio. Además de esto tú debes saber que mi Divina
Voluntad es Cielo, tu humanidad es tierra; ahora, conforme vas haciendo tus actos en Ella, tú
tomas Cielo, y por cuantos más actos haces, tantos más puestos tomas en este Cielo de mi Fiat,
y mientras tú tomas el Cielo, mi Voluntad toma tu tierra, y Cielo y tierra se funden juntos y quedan
perdidos la una en el otro”.
(3) Después de esto continuaba mi abandono en el Fiat Divino, y el bendito Jesús ha
regresado con el corazón abierto, del cual derramaba sangre, y en aquél corazón divino se veían
todas las penas de Jesús, que sufría en todas las partes de su Divina Persona, concentradas
todas en el corazón, más bien en él estaba la sede y el principio de todas sus penas que
derramándose por toda su santísima Humanidad, como tantos ríos salían de su santísimo
corazón llevando el desgarro que sufría toda su Divina Persona. Y Jesús ha agregado:
(4) “Hija mía, cuánto sufro; mira mi corazón, cuántas heridas, cuántos dolores, cuántas penas
esconde. Él es el refugio de todas las penas, no hay dolor, ni espasmo, ni ofensa que no se
vierta en este mi corazón. Son tantas mis penas, que no pudiendo sostener su acerbidad voy
buscando quien quiera aceptar alguna pequeña partecita de estas penas para tener un respiro
de alivio, y cuando la encuentro la quiero tanto, que no sé dejarla nunca más, ni me siento más
solo, tengo a quién hacer comprender mis penas, a quién confiar mis secretos, y en quién
derramar mis llamas de amor que me consumen. Por eso frecuentemente te pido que aceptes
parte de mis penas, porque son muchas; y si no voy a mis hijos a pedir alivio, ¿a quién debo ir?
Quedaría como un padre sin hijos, que, o no tiene prole, o bien los hijos ingratos lo han
abandonado. ¡Ah! no, no, tú no me abandonarás, ¿no es verdad hija mía?”
(5) Y yo: “Jesús mío, jamás te abandonaré, pero Tú me darás la gracia, me ayudarás en mis
condiciones presentes, que Tú sabes cómo son penosas. Jesús mío, ayúdame, y también yo
te digo de corazón, ¡ah! no me abandones, no me dejes sola, ¡oh! cómo siento a lo vivo la
necesidad de Ti. ¡Ayúdame, ayúdame!” Y Jesús tomando un aspecto más dulce, tomaba mi
pobre alma entre sus manos, y en el fondo de ella escribía: “Pongo mi Voluntad Divina en esta
criatura, como principio, medio y fin”. Y después ha repetido:
(6) “Hija mía, pongo mi Divina Voluntad en tu alma como principio de vida, de la cual
descenderán todos tus actos como de un solo punto, que difundiéndose en todo tu ser, en el
alma y en el cuerpo, te harán sentir la Vida palpitante de mi Querer Divino en ti, el cual esconderá
en Sí mismo, como dentro de un sagrario, todos tus actos, como compañía de su principio
Divino. Ahora con tener mi Divina Voluntad como principio, quedarás toda ordenada en tu
Creador, y reconocerás que todo principio viene de Dios, y nos darás la gloria y la
correspondencia del amor de todas las cosas creadas que han salido de nuestras manos
creadoras. Con hacer esto abrazarás la obra de la Creación, de la cual fuimos el principio, la
vida y la conservadora de ella.
(7) Del principio pasarás al medio, tú debes saber que el hombre sustrayéndose de nuestra
Voluntad Divina desconoció el principio y se desordenó, y quedó vacilante, sin apoyo, sin fuerza,
a cada paso se sentía empujado a caer como si se sintiera faltar el terreno bajo sus pies, y el
Cielo sobre su cabeza en acto de descargarse sobre él en una fiera tempestad. Ahora se
requería un medio para reafirmar la tierra y hacer sonreír al Cielo, y he aquí mi venida sobre la
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