(4) “Hija mía, en cada acto de criatura hay un triple acto: Primero forma el acto la fuerza
creadora; la criatura sobre el acto de la fuerza creadora forma el acto de su amor obrante, que
viene alimentado por la fuerza creadora, y según la intensidad del amor de la criatura, su
prolijidad, el bien, el valor, que contiene su acto, así recibe más o menos alimento del acto de la
fuerza creadora, porque no hay gusto y deleite para Dios, más bello y grato, que alimentar los
actos de la criatura, y esto porque viendo de lo nuestro en el acto humano, nos sentimos dueños,
reconocidos por ellos, nos los sentimos unidos, no los hijos lejanos sino cercanos, más bien
ensimismados con Nosotros, que como tantos hijos nos hacen corona, que justamente quieren
de lo nuestro, y Nosotros con todo amor, de buena gana damos nuestro alimento a los actos de
ellos, mucho más que alimentados por Nosotros crecerán como nobles hijos dignos de su Padre
Celestial. Ahora, al acto de la fuerza creadora y al acto del amor obrante de la criatura, sigue el
acto del amor de cumplimiento; cada acto no se podría decir completo, ni dársele el justo valor,
si faltara una coma, un punto, una pincelada cualquiera; un trabajo si no es completo no sólo no
se puede dar el valor, sino que no se puede rescatar honor y gloria. Entonces, después del
amor obrante surge el amor de reconocimiento, de agradecimiento y de dar a Dios lo que es de
Dios, la criatura ha recibido de Dios el acto primero de su obrar, lo ha seguido con su amor
obrante, pero alimentada por Dios lo completa con un amor más grande, con dar a Dios lo que
de Dios ha tenido principio. Éste es el último punto y la más bella pincelada del acto de la
criatura, al cual Dios mismo benignamente da su apreciación divina y se siente honrado y
glorificado del pequeño don recibido. Y en virtud de esto, da otras ocasiones de hacer otros
actos a la criatura para tenerla siempre junto y en continua correspondencia”.
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29-9
Marzo 30, 1931
Las humillaciones, portadoras de gloria. Las ternuras
del corazón de Jesús. Un corazón duro es capaz de todos
los males. Invitación a tomar las migajas de los bienes divinos.
(1) Estoy de nuevo bajo la opresión de mis acostumbrados sufrimientos. Después de un mes
de descanso estoy de cabeza, me sentía como vacía de todas las penas, mi dulce Jesús no me
hacía caer más en mi estado de rigidez, ni me dejaba inmóvil y sin movimiento; me sentía como
si mi vida terminara al quedar sin movimiento y rígida, sin embargo vivía, pero con una vida
destrozada, sin el mínimo control de mí misma, esperando con paciencia, que sólo Jesús me
podía dar, a aquél que debía llamarme a la obediencia para darme el movimiento y hacerme
salir del abismo en que me encontraba; así que viéndome libre, por cuanto amara el dividir las
penas junto con Jesús, también mi naturaleza me la sentía triunfante, mucho más que no tenía
más necesidad de ninguno, por eso al encontrarme de nuevo atada, impedida dentro del abismo
primero, mi pobre naturaleza siente tal repugnancia, que si mi amado Jesús no me ayuda, no
me fortalece, no me alienta con gracias especiales, yo no sé qué cosa haría para no caer en
aquél estado de sufrimientos. ¡Ah! Jesús mío ayúdame, Tú que me has sostenido por tantos
años en un estado tan doloroso. ¡Ah! si quieres que yo continúe, continúa Tú a sostenerme y
usa tu misericordia sobre esta pobre pecadora, a fin de que no me oponga a tu Santísima
Voluntad. Entones mientras me encontraba entre repugnancias y miedo de ser sorprendida por
mis acostumbrados sufrimientos, mi adorable Jesús haciendo ver que sufría mucho me ha dicho:
(2) “Hija mía, ¿qué pasa? ¿No quieres sufrir más junto conmigo? Cómo, ¿quieres dejarme
solo? ¿Quieres quitarme los derechos que tantas veces me has dado, de que pudiera hacer de